El blog de William(s)ⁿ __φ(..)

La IA es el diablo

Doceavo día de mayo, sí que vuela el tiempo. La Semana Santa y el fin de semana extendido por el Día Internacional de los Trabajadores terminaron en un parpadeo. Ojalá mi percepción del tiempo fuera como cuando miro Ben-Hur de Charlton Heston durante la semana mayor; esa película dura una eternidad: me duermo, me despierto, me vuelvo a dormir y a despertar, y la trama simplemente no concluye. En fin, estos descansos, más allá de ser útiles para ponerme al día con los quehaceres y mantenimientos de la casa, significaron tiempo de calidad con mis hijas y esposa, visitar a mis padres y suegros, y asistir a la iglesia después de un larguísimo tiempo.

Fue precisamente ese regreso al templo lo que me hizo pensar que, quizás, la IA es el diablo. El título suena inevitablemente a la muletilla de la madre de Bobby Boucher en The Waterboy (El aguador), quien sentenciaba que todo lo que no quería que su hijo experimentara era "el diablo". Y parece que en el Vaticano están empezando a sintonizar la misma frecuencia. Según leí en el boletín de Santi Araújo, el Papa les ha pedido a sus sacerdotes que abandonen la «tentación de preparar homilías utilizando inteligencia artificial». En una reunión a puerta cerrada, les instó a no perder la "capacidad muscular" del cerebro, lo que me hace sospechar que el Sumo Pontífice ve en la tecnología una presencia casi demoníaca. Quizá la de Naberius, ese marqués del infierno de voz ronca y elocuencia sin igual que enseña artes y retórica a quien lo invoca; básicamente, el antepasado espiritual de un modelo de lenguaje con buen marketing.

Esta advertencia sobre la "pereza cerebral" me trajo un recuerdo de hace un par de años, cuando me invitaron a un servicio en una iglesia protestante. Allí, el pastor se despachó una combinación ampulosa —qué digo ampulosa, un batiburrillo digno de estudio— donde mezcló una síntesis de la Modernidad Líquida de Bauman, pasajes del Éxodo y, para cerrar con broche de oro, algunas escenas de Avengers: Endgame. Lo confieso: aunque en su sarta de paparruchas no había por dónde tomar la lógica, logró captar la atención de todos los que estábamos allí.

Y aquí es donde le doy la razón al Papa. Si ese pastor hubiera usado ChatGPT, Gemini o Claude para redactar su sermón, probablemente habría entregado una pieza coherente, teológicamente correcta y soberanamente aburrida. Le habría faltado esa maravillosa y a veces absurda capacidad humana de conectar puntos inconexos para crear algo que, al menos, te mantiene despierto en el espacio dedicado a la prédica. Al final del día, prefiero mil veces un delirio humano que junte a Thanos, Moisés y a Bauman, que la perfección estéril de un algoritmo que no sabe lo que es el aburrimiento, pero tampoco sabe lo que es la fe... o una buena película para dormir de cuatro horas de Charlton Heston.

Entre intuición y datos

A mi familia y a mí nos está resultando más difícil de lo que imaginábamos el haber prescindido de los servicios de streaming por suscripción. La decisión no fue tomada a la ligera: para poder ajustar las finanzas tuvimos que eliminar varias suscripciones y algunos gastos hormiga que, poco a poco, estaban debilitando nuestro presupuesto. Tras el primer mes, los resultados empiezan a notarse. Pero la sensación de carencia también. Para mis hijas y para mí el cambio ha sido evidente; mi esposa, en cambio, nunca ha sido muy aficionada al consumo en pantallas, así que a ella este asunto —como suele decirse— "ni huele, ni hiede".

Este primer mes viendo televisión por cable también me recordó por qué dejé de verla hace años: demasiados anuncios, programación pensada en pivotar al espectador hacia nuevas suscripciones y una oferta que rara vez sorprende. En relación con el último aspecto, cada noche es como lanzar una moneda al aire; encontrar una buena película durante el zapeo es casi cuestión de suerte. La mayoría de veces son producciones de los años ochenta o noventa que ya conozco de memoria.

Hace unos días, el zapeo jugó a mi favor. Entre canal y canal apareció Sully: Hazaña en el Hudson (2016), la película que narra el amerizaje de emergencia del vuelo 1549 de US Airways en el río Hudson en 2009, pilotado por el experimentado aviador Chesley Burnett “Sully” Sullenberger III.

Más allá del dramatismo de la historia, la película plantea una tensión interesante: la confrontación entre el juicio humano y la confianza absoluta en los datos.

Tras el amerizaje —que salvó la vida de todos los pasajeros— el capitán Sullenberger fue sometido a una investigación técnica en la que simulaciones computacionales sugerían que el avión podría haber regresado al aeropuerto. Los datos parecían indicar que existía otra opción. Pero los datos omitían algo difícil de modelar: el tiempo real de reacción, la incertidumbre del momento y la presión de tomar una decisión en segundos.

Sullenberger decidió amerizar basándose en su experiencia, su criterio profesional y su intuición como piloto. No fue una decisión estadística; fue una decisión profundamente humana.

Y ese contraste —entre simulaciones perfectas y decisiones imperfectas— no pertenece sólo a la aviación. Es, en realidad, uno de los grandes dilemas tecnológicos de nuestro tiempo.

Tal vez hoy vuelva a tener suerte y el azar me lleve a encontrar una película distinta a _Tango y Cash_ o _Arma Mortal_, algo que pueda servirme de inspiración. 😄✌️

Modas algorítmicas

Imaginemos por un momento VII

Los seres humanos somos sociales por naturaleza: estamos hechos para encajar y agradar. Desde tiempos inmemoriales, ambas tareas han sido complejas incluso en comunidades pequeñas. Hoy, bajo la influencia de las redes sociales, esa complejidad ha alcanzado niveles estratosféricos. No encajar ni agradar en una comunidad global puede conducir a la depresión, la furia, la frustración e incluso a una alienación más profunda.

A modo de ejercicio hipotético, y tomando como punto de partida el argumento de Baruch Spinoza —según el cual el libre albedrío no es más que una ilusión producida por nuestro limitado entendimiento de las causas que determinan nuestra conducta—, imaginemos por un momento: después de veinte años te reúnes con uno de tus mejores amigos de la infancia para beber un par de cervezas. Tras el apretón de manos, la mirada escrutadora y el abrazo fraternal, adviertes que luce una espesa barba campirana, un sinfín de tatuajes hasta en el rincón más visible de su piel, una estética que remite a Bad Bunny y una jerga moldeada por las tendencias del momento.

Durante las dos horas y fracción que dura la conversación, tu amigo no deja de mirar su teléfono ni de responder cada notificación que emana de su dispositivo. El hartazgo comienza a asomarse. Como buen ketabkhan —“lector de libros”, en persa— respiras hondo y recuerdas que, apenas dos semanas antes, leías la primera razón del decálogo expuesto por Jaron Lanier en Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato, donde advierte sobre la erosión del libre albedrío provocada por las redes sociales. Cuando tu amigo toma el móvil por vigésima vez, decides interrumpirlo para compartirle algo de lo aprendido.

Le dices que intentarás explicarlo en “baits” sonoros, para no aburrirlo: en estos tiempos —añades con ironía— si algo no puede resumirse en dos líneas, nadie lo entiende. Entonces le expones una opinión impopular que circula en redes: que las modas —las barbas, los tatuajes, ciertas estéticas— evidencian que el libre albedrío es un mito; que, en la actualidad, muchas tendencias no emergen espontáneamente, sino que son el resultado de algoritmos que nos conocen mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos.

Percibes en su rostro una mezcla de desinterés y fastidio, pero continúas. Le explicas que la presión social ya no es la misma que experimentaban cuando eran niños; que, desde los primeros años de este siglo, el apareamiento entre código y psicología conductista ha permitido fabricar presión social de manera artificial. Sin embargo, tu amigo apenas escucha el murmullo de tu voz: su atención permanece atrapada en esa cronología saturada de estímulos y digresiones que consulta a cada instante.

Antes de que se levante bruscamente y te lance una retahíla de exabruptos, alcanzas a decirle que quizá debería considerar una posibilidad incómoda: que tal vez no sea tan libre como cree; que podría estar movido por hilos invisibles, diseñados por ingenieros que convirtieron los hallazgos de conductistas como Iván Pávlov en un negocio rentable basado en el intercambio constante de estímulos por atención y consumo publicitario…

Tiempo para hacer de todo menos pensar

Cuando un científico eminente pero anciano afirma que algo es posible, es casi seguro que tiene razón. Cuando afirma que algo es imposible, muy probablemente está equivocado. — Sir Arthur Charles Clarke

Hay intuiciones que, como el vino, mejoran con el paso del tiempo. No requieren grandes elucubraciones: basta con entender el pulso de su época y expresalo con palabras sencillas. Algo así ocurre con lo que escribió David Brooks el 29 de abril de 2001 en Newsweek sobre la "sobreconexión" titulado Time To Do Everything Except Think. Brooks no era un científico ni, en aquel entonces, un anciano. Pero acertó con una puntería que hoy, más que nunca, da en el blanco.

Brooks —autor de The Road to Character, The Social Animal y Bobos in Paradise, How to know a person, entre otros títulos— esbozó un retrato que, leído en 2026, parece más crónica que profecía: el de la mujer y el hombre inalámbricos.

En alguna parte encima del dosel de la sociedad, camino de donde viven las personas normales, habrá personas que pronto vivan en un estado inalámbrico perfecto. Tendrán teléfonos móviles que descargarán ficheros de Internet, comprobarán resultados deportivos y el precio de las acciones. Dispondrán de Palm de bolsillo que reproducirán música, transferirán fotos y obtendrán la lectura del Sistema de posicionamiento global. Tendrán computadoras portátiles donde visualizarán películas, escucharán los partidos de béisbol y comprobarán el inventario de la planta. En otras palabras, cada dispositivo que tengan realizará todas las funciones de todos los demás dispositivos que posean, y podrán hacerlo en cualquier lugar, cuando quieran. La mujer inalámbrica realizará todo el trabajo de un día en la playa, con su bikini: su asistente digital personal cuenta con una pinza para el cinturón, de modo que lo puede llevar puesto cuando vaya por su piña colada. Sus teléfonos emiten una señal sonora, sus buscas encienden luces rojas; cuando se disparan parece una máquina arcade. El hombre inalámbrico podrá ponerse su ropa interior, subirse a su SUV y lanzarse hasta la cima de una montaña de Colorado. Allí estará con su dispositivo MP3 y sus prismáticos disfrutando de la vista mientras efectúa una llamada-conferencia al grupo de ventas y juega a Mega-Death con jugadores de Tokio y Sidney. Será suficientemente inteligente para tener a mano baterías de litio bastante diminutas para aguantar semanas. Está esperando que se desarrolle una computadora portátil llena de helio que realmente pesaría menos que nada, y si pudiera inflar una muñeca hinchable, nunca tendría que bajar. Así pues, allí está sentado, en total libertad en esa cima de Rocky Mountain. El cielo es azul. El aire es fresco. Entonces suena el teléfono. Su ayudante quiere saber si quiere cambiar al transportista nocturno de la empresa. Apaga el teléfono para poder disfrutar de un poco de felicidad espiritual. Pero primero está su computadora portátil. Quizá alguien le ha enviado un e-mail importante. Lucha contra su conciencia. Su conciencia pierde. Después de todo, es tan fácil chequearlo… Nunca estar fuera de contacto significa nunca estar evadido. Pero el problema del hombre inalámbrico será peor que esto. Su cerebro se habrá adaptado el tiempo de la vida inalámbrica. Cada 15 segundos hay una nueva cosa a la que responder. Pronto tendrá esta pequeña máquina rítmica en su cerebro. Hace todas las cosas rápidamente. Responde a los e-mails rápida y descuidadamente. Se compra las máquinas más rápidas y ahora la idea de esperar a que algo se descargue es un insulto personal. Su cerebro está funcionando al máximo de rpm. Se sienta en medio de la grandeza de la naturaleza y dice: «Es bonito. Pero no se mueve. Me pregunto si tendré nuevos mensajes de voz». Es adicto al flujo perpetuo de las redes de información. Él ansía su siguiente dosis de datos. Él es un fenómeno de la velocidad, un drogadicto de la información. Quiere ir más despacio, pero no puede. Los empresarios de ahora viven en un mundo excesivamente comunicado. Hay demasiados sitios web, demasiados informes, demasiados bits de información reclamando su atención. Los que más éxito tienen se ven obligados a ser los más hábiles con el machete en esta selva de comunicación. Recortaron cruelmente del todo los datos extraños que les invadían. Aceleran sus tareas para poder cubrir tanta tierra como sea posible, respondiendo a docenas de emails de una sentada y pasando de otras cuantas docenas más. Después de todo, la principal escasez de su vida no es el dinero; es el tiempo. Preservan cada precioso segundo, del mismo modo que un viajero por el desierto conserva su agua. El problema con todo esto es la velocidad y la energía frenética que se gasta utilizando el tiempo eficazmente, es lo que mina la creatividad. Después de todo, la creatividad es algo que normalmente ocurre mientras usted está haciendo otra cosa: mientras se encuentra en la ducha su cerebro tiene tiempo de crear extrañas conexiones que conducen a nuevas ideas. Pero si su cerebro siempre está en multitarea, o respondiendo a interrogantes tecnológicos, no hay tiempo ni energía para una jugada mental sin dirección. Además, si está consumido por el mismo bucle de información que circula alrededor de todos los demás, no tiene nada que le estimule a pensar de forma diferente. No tiene tiempo de leer un libro de historia o de ciencia que pueden incitarle a ver su propio negocio bajo una luz nueva. No tiene acceso al conocimiento inesperado. Simplemente es barrido por la misma corriente estrecha que los demás, que es rápida pero no profunda. Así es cómo voy a hacerme rico. Voy a diseñar una máquina del placebo. Será un pequeño dispositivo con reconocimiento de la voz y todo lo demás. Las personas inalámbricas podrán conectarse y el dispositivo les dirá que no tienen mensajes. Después de un rato, se acostumbrarán a no tener mensajes. Podrán experimentar la vida en lugar de la información. Podrán reflexionar en lugar de reaccionar. Mi máquina ni siquiera necesitará baterías.

En mi pueblo, a alguien que escribe así lo llamarían "Sajorín": quien predice con una claridad que roza la impertinencia.

Hace algunos días, al releer el artículo contracorriente de Brooks, me surgieron dos preguntas: ¿Son realistas la mujer y el hombre inalámbricos? ¿La velocidad y la eficacia minan la creatividad?

Una reflexión prematura me lleva a afirmar, con absoluta convicción, que la mujer y el hombre inalámbricos no sólo somos reales, sino que la tecnología ya consume nuestra atención de forma exponencial; que somos incapaces de vivir sin dispositivos inteligentes, Internet, redes sociales y aplicaciones, incluso para las tareas más simples. Además, la obsesión por la productividad —hacerlo todo rápido y eficazmente— está erosionando la capacidad de crear, formular y proyectar ideas; sin tiempo para pensar, terminaremos convertidos en masas fascinadas por la inmediatez, sumidas en un consumismo alienante, creyendo que las máquinas hacen todo mejor que nosotros.

Han pasado los años. La velocidad ha aumentado. Los dispositivos se han vuelto más ligeros, más potentes, más íntimos. La distancia se comprimió hasta caber en la palma de la mano. La llamada vibra en la muñeca. La notificación ya no suena: respira con nosotros. Y, sin embargo, la pregunta persiste, terca: ¿tenemos tiempo para hacer de todo menos pensar?

Tal vez la verdadera rebeldía contemporánea no consista en desconectarse del todo —gesto casi imposible— sino en conquistar intervalos de profundidad. Leer un libro de historia o de ciencia que nos descoloque. Caminar sin audífonos. Aburrirse. Permitir que la mente divague sin meta ni cronómetro. Defender la lentitud como un acto creativo.

Quizá la “máquina placebo” de Brooks no sea un artefacto externo, sino una decisión interior: aceptar que no hay mensajes urgentes, que el mundo puede esperar unos minutos, que la conciencia no siempre debe perder.

Porque la escasez no es el dinero. Es el tiempo. Y, más aún, la atención.

"No tengo energía para tener más vida"

Más allá de este búnker —resguardado por trincheras de letras y silencios deliberados— se extiende un territorio de bullicio y desenfreno. De ese lugar efervescente rara vez llegan noticias que merezcan reposo; casi todo ocurre a la velocidad del olvido. Sin embargo, esta vez cruzó la frontera un relato que me ha obligado a "detenerme a oler las flores".

Una joven relata, con una mezcla de coherencia y amargura, la frustración que le provoca su precaria situación laboral. Por un instante, el ruido parecía haberse replegado para dejar paso a una voz que exigía ser escuchada:

“Trabajo de forma presencial y me lleva una eternidad llegar allí. No tengo tiempo para hacer nada. Quiero ducharme, cenar, irme a dormir. Tampoco tengo tiempo ni energía para preparar la cena. No tengo energía para hacer ejercicio, eso se va por la ventana. No tengo tiempo para nada y estoy muy estresada”. —Brielle Asero

https://www.tiktok.com/@brielleybelly123/video/7291443944347405614

Más allá de los aplausos, el ninguneo o el chisme —siempre listos ante este tipo de confesiones— su relato me incomodó por una razón más íntima: me recordó demasiado a mi yo del pasado: tres horas para llegar al trabajo, dos para regresar a casa. Un cansancio que no era sólo físico, sino existencial. A veces me sentía vacío, sin ánimo ni propósito. Siempre con sueño. Y, paradójicamente, luchando por mantenerme despierto en la noche para reclamar un mínimo espacio de libertad: 報復性熬夜.

Ese relato también me hizo más sensible a cierta frase que suele pronunciarse cuando alguien expresa su hastío laboral: “pero gracias a Dios hay trabajo”. Lo que escucho detrás de esas palabras es otra cosa: "no importa lo que haga o me hagan hacer, debo estar agradecido porque no tengo alternativa". Una resignación devota que recuerda los lemas de obediencia y agotamiento del caballo Boxer en Rebelión en la granja: “trabajaré más duro” y “Napoleón siempre tiene razón”.

Quizá quienes pueden renunciar sin que el mundo se derrumbe bajo sus pies no sientan la urgencia de estas críticas. Enhorabuena por ellos. Pero para muchos otros, la conversación es necesaria. Vivimos en un sistema que exige producir más, medir más, optimizar más. A veces sospecho que la promesa de la inteligencia artificial y la robotización no es liberarnos del trabajo, sino perfeccionar la presión: competir incluso contra las máquinas, por la misma remuneración y con menos margen de error. La productividad ya no es una meta alcanzable; es un umbral que se desplaza cada vez que creemos haber llegado.

Que alegre haber encontrado esta conversación.

Sobre guardar fotografías

Me gusta utilizar servicios en línea durante períodos prolongados. Para ser honesto, me resulta engorroso andar brincando de plataforma en plataforma; eso de andar “a tuto con mis cachivaches” termina siendo un lastre, sobre todo por el tiempo que exige buscar alternativas, compararlas y, finalmente, migrar información. Ese tiempo —cada vez más escaso— rara vez vuelve con intereses.

Pagar por un servicio en línea ha sido, para mí, un proceso largo y lleno de recelos. Desde tiempos inmemoriales he desconfiado de alojar mi información en la computadora de alguien que no conozco. Sin embargo, por exigencias laborales, no me ha quedado más remedio que dar el brazo a torcer. En el ámbito personal ocurrió algo similar: la necesidad de compartir información de forma sencilla con mi esposa y mi familia terminó por convencerme.

Durante muchos años utilicé Google Fotos como aplicación predeterminada para guardar y compartir imágenes. Funcionó bien, o al menos eso creí, hasta que las actualizaciones recientes comenzaron a incomodarme más de lo que estaba dispuesto a tolerar. Fue entonces cuando opté por migrar a Ente Photos. No me interesa entrar en el debate de cuál opción es mejor desde un punto de vista técnico; lo que me mueve aquí es reflexionar sobre el proceso mismo de migrar fotografías, un proceso que, por cierto, me ha tomado mucho más tiempo del que había previsto.

Calidad y sentimiento sobre la cantidad

Después de utilizar dos aplicaciones para analizar casi 90 GB de información y eliminar fotografías y videos duplicados o similares —sin desmerecer, por supuesto, el criterio “a ojo de buen cubero” para detectar aquello que los algoritmos no alcanzan—, llegué a una conclusión que podría resumirse en una máxima ampliamente difundida: «Toma recuerdos, no fotos».

La acumulación indiscriminada de imágenes crea una falsa sensación de resguardo. Creemos que, por tener miles de fotografías, estamos preservando nuestra memoria, cuando en realidad la estamos diluyendo. En contraste con la letra de la popular canción “DtMF” de Bad Bunny (cuya música no es de mi agrado), lo verdaderamente importante no es documentarlo todo, sino vivirlo. Carpe diem: estar presente, no detrás de una lente, archivando momentos que quizá nunca volveremos a mirar con atención.

No guardes lo ajeno

Durante la depuración me encontré con una infinidad de recuerdos ajenos: fotografías de gente conocida, sí, pero también de personas que no sé quiénes son ni por qué están ahí. Mi primer impulso fue eliminar todo, a diestra y siniestra, aquello que no tenía relación directa con mis recuerdos. Sin embargo, opté por una solución más cuidadosa: crear archivos comprimidos por persona conocida y enviarlos por el medio más conveniente.

Fue un ejercicio curioso. Separar lo propio de lo ajeno es también una forma de reconocer límites, incluso en la memoria digital.

No mezcles tus recuerdos en lo ajeno

Reconozco que aquí hubo un error de mi parte. No supe utilizar adecuadamente Google Fotos al momento de compartir y guardar imágenes, y ese descuido desembocó en los problemas descritos anteriormente. Las configuraciones importan, y mucho. Si no se desea que las fotografías terminen en espacios ajenos —o que recuerdos personales se mezclen con los de otros—, conviene entender y ajustar bien las reglas del juego desde el inicio.

La tecnología no suele perdonar la improvisación prolongada.

Guardar recuerdos implica guardar metadatos

Los metadatos son útiles, casi invisibles, pero fundamentales. Gracias a ellos es posible saber cuándo y, a veces, dónde fue tomada una fotografía. En algún momento de la segunda década de los 2000 tuve un frenesí obsesivo por la privacidad y borré los metadatos de una cantidad absurda de imágenes. Hoy, ya entrados mis cuarenta, me enfrento a las consecuencias: no recuerdo el momento exacto en que tomé muchas de esas fotografías.

Fue, sin exagerar, un error garrafal. Al borrar los metadatos no protegí mi privacidad; amputé una parte de mi memoria.

No mezcles recuerdos con memes

Permitir que la copia de seguridad incluya carpetas de aplicaciones de mensajería instantánea o redes sociales solo empeora las cosas. Memes, capturas de pantalla irrelevantes y contenido efímero terminan enterrando aquello que sí importa. No todo merece ser conservado. Saber qué excluir es tan importante como decidir qué guardar.

No confíes en tu memoria, haz álbumes

Este punto está íntimamente ligado al de los metadatos. En algunas fotografías llevo la misma ropa y, honestamente, no recuerdo cuándo fueron tomadas. Organizar álbumes, añadir descripciones y conservar los datos originales no es un acto de obsesión, sino de previsión. De lo contrario, los efectos del “alemán” —ese olvido progresivo y traicionero— se hacen notar antes de lo esperado.

Ordenar las fotografías es, en el fondo, una forma de ordenar la vida.


Concluyo con una frase que merece ser releída con calma:

"Coleccionar fotografías es coleccionar el mundo".
— Susan Sontag, Sobre la fotografía

Tal vez por eso conviene preguntarse qué mundo estamos coleccionando… y para quién.

El techo como umbral

Hoy es una de esas noches de insomnio. He decidido escribir y leer en lugar de tomar pastillas para dormir; odio tomar pastillas. Escribir me ayuda a relajar el cuerpo; leer en papel, a conciliar el sueño.

Antes de comenzar esta historia, estaba recostado en la cama, observando el techo de mi habitación. Pensé: “no recuerdo la última vez que me detuve a observarlo, pues antes de dormir casi siempre hay una pantalla frente a mis ojos —el móvil, la tableta, la televisión—".

Recuerdo que, hace muchos años, observar el techo e imaginar eran una de mis prácticas nocturnas recurrentes. ¡Me encantaba! No sé en qué momento dejé de hacerlo. Imaginaba aventuras fantásticas junto a mis amigos y hermanos. Las aventuras eran hilarantes y, al mismo tiempo, se sentían tan reales.

Quizá el insomnio no sea una falla, sino una invitación: apagar la pantalla, dejar que la habitación vuelva a ser oscura y silenciosa, y permitir que el techo recupere su oficio olvidado: umbral de imaginación.


Techo de concreto. Ahora que te observo, una sola pregunta se impone: ¿por qué dejé de observarte? Eras el umbra a una infinidad de lugares. Te abandoné. Lo siento. Pero descuida, he regresado. No soy el mismo curioso de entonces; he madurado y, con ello, también mi imaginación (aunque fragmentada y golpeada por mis malos hábitos de pantallear, pero aún puede mejorar). Por favor sigue siendo mi umbral a otros lugares. Esta vez prometo quedarme un poco más, hasta que el sueño, como antes, comience con imaginar.

Una historia sin propósito

Escribir por escribir

Ha iniciado una semana más; o menos, no lo sé con certeza. Espero que esta traiga un afán distinto al de la anterior. Al fin y al cabo, es el último lunes de 2025: algo bueno tendría que traer consigo.

Desde mi oficina observo a dos pájaros retozar, casi al compás de 7 Years de Lukas Graham. La escena me devuelve al fin de semana recién pasado, uno que, sin exagerar, catalogué como fetén, más por una suma de circunstancias fortuitas que por algún plan deliberado.

El sábado comenzó como suelen comenzar mis sábados: unos minutos para observar el techo de la habitación y despejar la mente, dar gracias por una oportunidad más de vida, saludar a mi esposa y a mis hijas, correr algunos kilómetros, escuchar música. Luego, un desayuno frugal —cereal con leche—, una ducha rápida y el ritual de alistarme para ir a un bucólico bosque donde suelo cerrar la semana.

Al llegar, caminé un poco más de lo habitual. El tránsito pesado y la monotonía laboral suelen pasar factura, y esa caminata fue una forma de restituir el equilibrio. Pasados unos minutos, llamé a mi esposa. Conversamos cerca de media hora: pendientes domésticos, asuntos prácticos, pequeñas decisiones que sostienen la vida cotidiana. Colgué y seguí deambulando por un sendero estrecho con la vista fija en una nube plomiza. Pensé en leer o ver una película más tarde, pero el estómago me recordó que ya era hora del almuerzo.

Llamé a mi padre para coordinar dónde comeríamos. No me había percatado de que él estaba a pocos metros, descargando un árbol de aguacate. Mi hermano menor también estaba allí, ayudándolo. Conversamos, reímos un poco y colaboré recogiendo los aguacates caídos antes de decidir el destino del almuerzo.

De vuelta en casa, ya entrada la tarde, ordené mis pensamientos y mis tareas: primero los quehaceres, luego la lectura y, al final, una película. Leí un par de capítulos de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, y me encontré reflejado en una frase que siempre regresa: "Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos". Tal vez también me atrae, confieso, que el protagonista se llame Daniel, como mi segundo nombre.

Cerca de las 18:17 horas abrí un informe compendiado de la OMS sobre salud mental, prestado por una compañera de trabajo. Como dice el refrán: "hay dos tipos de tontos, el que presta un libro y el que lo devuelve", procuro no ser el segundo tipo de tonto. La definición de salud mental me detuvo: "…un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias aptitudes, puede afrontar las presiones normales de la vida, trabajar de forma productiva y fructífera, y contribuir a su comunidad". Cerré los ojos un par de minutos. Pensé que, además del trabajo y la contribución social, la salud mental exige renunciar a discusiones estériles —religión, política, fútbol, relaciones— y, sobre todo, a la constante búsqueda de validación ajena. El llamado a cenar interrumpió la reflexión.

Después de la cena, lavar los platos, limpiar la cocina y entretener a las niñas, mi esposa y yo elegimos una película: Arrival. Más allá del suspenso, me atrapó la forma en que la historia incorpora una visión casi esotérica del tiempo, entendido no sólo como lineal, sino como simultaneidad. La Dra. Louise Banks lo dice con claridad: "ellos no perciben el tiempo de forma lineal". Pensé que quizá nosotros tampoco deberíamos hacerlo siempre.

El domingo salimos los cuatro a un centro comercial ostentoso, de esos donde la opulencia se exhibe y se mide en miradas. Comimos pizza, conversamos y hasta discutimos —sanamente— sobre algunos temas en boga. Al volver a casa, justo antes de abrir la puerta, lo pensé sin más vueltas: fue un fin de semana fetén.

Tal vez este texto no persiga ningún propósito claro. No explica nada, no enseña nada, no ordena nada. Pero existe. Y a veces basta con eso: escribir para no pasar de largo, para decirme —aunque sea en voz baja— que estuve aquí, que esto ocurrió, que no todo se pierde si se escribe.

Libera tu mente...

V. Comprendiendo la privacidad

Durante años he leído sobre el software libre como una vía natural para proteger la privacidad y la seguridad en Internet. No es una idea nueva, ni mucho menos marginal. Y, sin embargo, a veces me pregunto por qué, aun conociendo los riesgos, seguimos utilizando casi sin cuestionar el mismo conjunto de herramientas. Tal vez no sea ignorancia. Tal vez sea algo más persistente: la costumbre, la comodidad, o esa fuerza silenciosa de lo familiar que rara vez se siente como una imposición.

La comparación entre software libre y software privativo es un debate antiguo, repetido hasta el cansancio. Este texto no pretende reabrirlo desde la técnica ni desde la enumeración de ventajas y desventajas. Me interesa otra pregunta, menos resuelta y más incómoda: ¿por qué, aun sabiendo que existen alternativas más respetuosas con el usuario, seguimos eligiendo mayoritariamente las opciones privativas? Para simplificar, llamaré en adelante alternativas libres al software libre y alternativas privativas al software propietario.

El peso silencioso de las marcas

Con el tiempo he llegado a pensar que subestimamos el poder del mercadeo y la comunicación. Las marcas no se limitan a vender productos; construyen confianza, identidad y una sensación difusa de pertenencia. Cuando una herramienta logra instalarse en nuestra rutina diaria, deja de ser una elección consciente y pasa a formar parte del paisaje.

Cada campaña, cada promesa de simplicidad o innovación, funciona como una forma de educación emocional. No elegimos únicamente por funcionalidad. Elegimos porque algo nos resulta familiar, porque ya lo hemos visto antes, porque otros lo usan. En ese terreno, las alternativas privativas juegan con ventaja.

A esto se suma el peso del boca a boca. Un amigo, un video en YouTube, un hilo en redes sociales bastan para consolidar una decisión. Muchas de las aplicaciones que usamos no llegaron a nosotros tras una reflexión profunda, sino por una recomendación casual. Curiosamente, cuando esa recomendación apunta a una alternativa libre, su impacto suele diluirse. El nombre no pesa igual. La marca no resuena.

Decir Google, Microsoft o Apple sigue evocando, para muchos, una idea automática de solvencia y calidad. No necesariamente porque siempre lo sean, sino porque así aprendimos a percibirlas.

Romper la inercia

Tal vez el mayor obstáculo no sea técnico, sino humano. Cambiar de herramientas implica aprender, equivocarse, perder tiempo. Implica abandonar el piloto automático. No se trata de grandes decisiones heroicas, sino de pequeñas fricciones cotidianas que preferimos evitar.

Explorar alternativas libres exige curiosidad y paciencia. No como una promesa de perfección ni como un gesto de pureza, sino como un ejercicio modesto de autonomía. Probar algo distinto, fallar, volver a intentar. Aceptar que la comodidad inmediata casi siempre tiene un costo diferido.

En este contexto, la curiosidad se parece a un acto mínimo de resistencia: no aceptar como inevitable todo lo que se nos presenta como estándar. Hay mucho más allá de los nombres de siempre, aunque descubrirlo requiera un esfuerzo que rara vez es recompensado de inmediato.

La privacidad como algo personal

He escuchado muchas veces la frase “no tengo nada que ocultar”. Cada vez me resulta más inquietante. No porque todos ocultemos algo, sino porque la privacidad no trata de secretos, sino de dignidad y de control. De decidir qué compartimos, con quién y bajo qué condiciones.

Todo indica que la privacidad será un bien cada vez más escaso. Precisamente por eso, cuidarla hoy no es paranoia, sino previsión. No se trata de huir del mundo digital ni de vivir en una burbuja tecnológica, sino de habitarlo con un poco más de conciencia y menos automatismo.

Para cerrar

No escribo desde una postura de pureza tecnológica. Uso servicios que cuestiono y dependo de herramientas que no controlo del todo. Tampoco escribo para afirmar que las alternativas privadas sean intrínsecamente malas ni para presentar a las alternativas libres como una solución mágica. La realidad es más ambigua y, en muchos sentidos, más incómoda.

Pero sigo creyendo que, en general, las alternativas libres tienden a respetar mejor al usuario, especialmente en lo que respecta a su privacidad. Quizá el cambio más importante no sea de software, sino de actitud: volver consciente cada elección tecnológica, incluso sabiendo que no todas podrán ser coherentes.

Tal vez no se trate de ganar nada. Tal vez sólo de perder un poco menos: menos control cedido, menos hábito incuestionado, menos renuncia automática.

Inspiración: Software libre para una sociedad libre de Richard Stallman

Conversaciones provechosas

Imaginemos por un momento VI

Un día, sin razón aparente, dejas de hacer lo que estás haciendo. Permaneces inmóvil, taciturno, y empiezas a escuchar. Las conversaciones que flotan en la cafetería se superponen unas a otras hasta volverse reconocibles: no por su profundidad, sino por su repetición. Pronto adviertes que los temas no nacen ahí; son apenas el eco de las tendencias que pululan en la red. Las palabras giran en círculo, atrapadas en un bucle: sucesos, noticias, trivialidades.

Leer, en cambio, abre grietas. Da sueños y, además, estimula ambos hemisferios del cerebro. Gracias a la lectura podemos reinventarnos, enriquecer nuestro acervo cultural y nuestro lenguaje, afinar la percepción y la comprensión del mundo, crear universos alternos y, en un parpadeo, habitar lugares reales o imaginarios. Leer es también una puerta de escape y un largo etcétera de efectos benéficos. Entre ellos, uno suele pasar desapercibido: la lectura ensancha las conversaciones posibles. Leer es importante para los tiempos que corren y, quizá aún más, para los que vendrán.

Imaginemos ahora un punto Jonbar. En esta línea temporal, las redes sociales nunca llegaron a ocupar un lugar central para encontrar personas afines ni para sostener conversaciones ricas en contenido. Imaginemos también que Aaron Swartz no se suicida el once de enero de dos mil trece. Al seguir con vida, logra materializar varios hitos de uno de sus proyectos más ambiciosos: Open Library.

El sueño es sencillo y, a la vez, radical: una web en la que el lector pueda saltar de libro en libro, de autor en autor, de tema en idea, navegando un vasto árbol de conocimiento. En esta realidad alternativa, Open Library no sólo existe: florece y alcanza un éxito exponencial a partir de la segunda mitad de la década de dos mil díez.

Para Aaron, el proyecto importa porque los libros son nuestro legado cultural. En ellos se depositan ideas, deseos, preguntas e inspiraciones. Que todo ese caudal termine bajo la administración de una sola corporación resulta, cuando menos, inquietante; cuando más, una forma silenciosa de empobrecimiento cultural.

Open Library termina ocupando el espacio que, en otra historia posible, habría correspondido a un pequeño emprendimiento llamado Amazon, fundado por un tal Jeff Bezos, de quien —al día de hoy— poco se sabe y menos aún de qué fue de su vida tras fracasar en su incursión por la red.

En el verano de dos mil dieciséis, Aaron Swartz conoce a Tamas Kocsis, fundador y desarrollador de ZeroNet , una red de internet descentralizada en la que los usuarios se conectan mediante el protocolo peer-to-peer. Se reconocen de inmediato. Comparten una filosofía de vida y una convicción: una web verdaderamente abierta debe ser, al mismo tiempo, más privada, ajena al control corporativo y gubernamental. Para entonces, ZeroNet ya había demostrado su viabilidad técnica y, tras la publicación de su última versión estable en septiembre de dos mil diecinueve, alcanzaba un grado de madurez que permitía imaginar un salto mayor.

A comienzos de la década de dos mil veinte, Open Library y ZeroNet confluyen en un único proyecto: OpenNet. No como fusión empresarial, sino como síntesis de dos intuiciones compatibles. OpenNet nace para tejer redes de comunicación y conocimiento abiertas, libres y resistentes a la censura.

La lectura y la escritura se expanden impulsadas por la comunidad. La interfaz —libre de algoritmos sesgados— es usable, visualmente sobria, educativa y siempre en evolución. No busca retener al usuario, sino acompañarlo. No compite por atención: la respeta.

Con el tiempo, el efecto se filtra hacia la vida fuera de línea. Las conversaciones cambian. El bucle se debilita y, finalmente, se rompe. A la mitad de la tercera década de los años dos mil, las NTIC, gracias a Aaron y Tamas, han puesto en manos de las personas herramientas para leer y escribir más y mejor, para encontrar afinidades reales y sostener conversaciones más profundas y provechosas.

Incluso para nosotros, los lectores —a menudo solitarios, distantes o un tanto asociales—, este mundo resulta habitable. Quizá porque, en el fondo, seguimos necesitando lo mismo de siempre: un libro, una idea compartida y la posibilidad de conversar sin ruido.

Publicado en **opennet.bit**

Lo "cool" a veces no es tan "cool"

Uno de los rasgos más peculiares de las organizaciones cuya actividad económica se inscribe en la llamada economía creativa es la enorme pasión por el producto. A ello se suman la atención minuciosa a los detalles, el desarrollo holístico, la innovación evangelizadora, el servicio al cliente o el aprovechamiento del talento. En la práctica, todo esto suele traducirse en seguir los pasos del "Alva Edison moderno": Steve Jobs.

Antes y después de su muerte, Steven Paul Jobs se ha convertido en una suerte de patrón para congregaciones de emprendedores, innovadores, gurús, creativos y demás. Muchos le rinden culto a través de murales con su rostro o citas célebres. Y no es que eso esté mal —al contrario—: si seguir los pasos de Steve impulsa a crear productos que nacen de la imaginación y que contribuyen a construir el mundo en el que a uno le gustaría vivir, esa convicción merece, como diría una amiga española, un "¡enhorabuena!". Es una actitud muy distinta a la de quienes sólo piensan en mejorar el pasado.

Ahora bien, y volviendo al título de este artículo, cuando afirmo que "lo 'cool' a veces no es tan 'cool'», me refiero a que en muchas compañías existen personas imaginativas cuyas brillantes ideas son descartadas una y otra vez en favor de las que sostienen el statu quo. Así, las empresas dejan de lado a sus "piratas" y se alejan de la tan celebrada "filosofía steviana": "cualquiera puede pasar y compartir sus ideas con el CEO".

En este mismo contexto, no basta con trabajar de lunes a sábado durante ocho horas diarias —aunque la orientación al producto esté muy bien—. Para crear algo verdaderamente grande, los "piratas" necesitan descanso y motivación. Y si se les va a recompensar, no se trata sólo de dar dinero para mantenerlos entusiasmados: recompensar implica establecer una conexión activa, directa y personal. Aprovechar el talento no consiste en aprovecharse de él. Aprovecharlo es ir más allá del perfil tradicional, descubrir las capacidades que subyacen en cada persona y comprender qué pueden aportar a la organización. También es evitar guiarse por la primera impresión: "a veces descubres al 'pirata' donde menos lo esperas".

Vivimos en una sociedad que aplaude la innovación, pero que al mismo tiempo frustra y aplasta una enorme cantidad de ideas brillantes. Se aplasta al "pirata" con jornadas interminables, trato inhumano, condiciones laborales deplorables, honorarios miserables... Por eso —lo 'cool' a veces no es tan 'cool'—.

Inspiración: El camino de Steve Jobs. Liderazgo para las nuevas generaciones, de Jay Elliot.

La utopía pendiente...

El 17 de febrero de 2006 apareció The Last Job on Earth, un cortometraje que planteaba un escenario inquietante: un futuro donde la automatización y la inteligencia artificial han asumido la mayor parte de las tareas laborales, relegando a los seres humanos al papel de espectadores de un sistema que ellos mismos construyeron. Lejos de presentar un mundo armonioso y liberador, la pieza intentó mostrar la otra cara de la automatización: desigualdad, desplazamiento y una sensación persistente de desamparo. Alice, la protagonista —la última persona que conserva un empleo “tradicional”— se desplaza por una ciudad impecablemente gestionada por máquinas, mientras a su alrededor se acumulan las señales de un tejido social fracturado. La abundancia existe, pero su distribución es profundamente desigual.

Meses antes, el 6 de octubre de 2015, Stephen Hawking había advertido sobre esta tensión emergente: “Si las máquinas producen todo lo que necesitamos, el resultado dependerá de cómo se distribuyan las cosas. Todos podrían disfrutar de una vida de ocio y lujo si la riqueza generada por las máquinas se comparte, o la mayoría podría terminar en una profunda pobreza si los propietarios de las máquinas se oponen a la redistribución. Hasta ahora, la tendencia parece inclinarse hacia esta segunda opción, con la tecnología empujándonos hacia una desigualdad cada vez mayor”.

En contraste con la visión utópica —esa donde la automatización impulsa a la humanidad hacia un nuevo capítulo de creatividad, bienestar y propósito— el cortometraje funciona como un recordatorio de que la técnica, por sí sola, no garantiza prosperidad compartida. El progreso puede convertirse tanto en una palanca de abundancia como en una maquinaria de exclusión, dependiendo de las decisiones sociales, políticas y éticas que lo acompañen.

La tecnología continúa avanzando, la automatización se acelera y, mientras tanto, las sociedades aún debaten cómo adaptarse a este nuevo equilibrio. A la luz del auge exponencial de la IA y la robótica tras 2016 —y ante la creciente concentración de capital y poder en las Big Tech— la cuestión central ya no es si es posible producir abundancia material. La verdadera pregunta es otra: ¿podrán la sociedad, la política y un nuevo modelo económico diseñar los mecanismos de distribución capaces de alejar el futuro de la advertencia de Hawking y acercarlo, en cambio, a la promesa utópica de la automatización para todos?

¿Mi periplo digital ha llegado a su final?

IV. Comprendiendo la privacidad

Tomando como punto de partida los dos atributos fundamentales de la privacidad —la invisibilidad y la autonomía— puede inferirse que, hoy en día, los desafíos que plantea su pérdida son especialmente complejos. La vigilancia basada en el procesamiento masivo de información nos mantiene constantemente controlados, observados, examinados, evaluados, valorados y juzgados. Hasta los detalles más insignificantes de nuestra vida se integran en bases de datos para ser procesados, analizados y relacionados con otros datos.

La clasificación social —normalmente orientada al consumo— es uno de los primeros resultados de esta vigilancia, para bien o para mal. Si las antiguas bases de datos ya apuntaban en esa dirección, la irrupción de "Los Cinco Grandes" deja claro cuál es la situación actual. Además, quienes son vigilados suelen cooperar voluntariamente con los vigilantes: al usar el móvil, comprar en centros comerciales, viajar, buscar ocio o navegar por internet. Bauman y Lyon señalan en Vigilancia Líquida que, probablemente, además de sacrificar nuestra privacidad por voluntad propia, también aceptamos su pérdida porque nos parece un precio razonable a cambio de las maravillas tecnológicas que recibimos.

En su conversación, Lyon subraya —y Bauman coincide— que se acepta mayoritariamente que la vigilancia es una dimensión central de la modernidad. Esta normalización resulta crítica: aunque la pérdida de privacidad sea lo primero en lo que pensamos, puede que no sea el impacto más significativo. Problemas como el anonimato, la confidencialidad o la imparcialidad se entrelazan con cuestiones más amplias: justicia, libertades civiles y derechos humanos.

La razón primordial para recurrir a la vigilancia es la seguridad. Sin embargo, para Bauman y Lyon, la seguridad se ha convertido en un negocio que promete controlar el futuro mediante técnicas digitales y lógica estadística (y ahora también IA). Aquí surge la gran paradoja de nuestra época saturada de dispositivos de vigilancia: estamos más protegidos que cualquier generación anterior, pero ninguna generación previa experimentó una sensación de inseguridad tan constante como la nuestra. La elección, finalmente, parece estar entre seguridad y libertad: necesitamos ambas, pero no podemos obtener una sin ceder parte de la otra. Creer que sin vigilancia no hay seguridad es el germen de la ética crítica del cuidado, que pretende demostrar sus efectos y límites.

Partiendo de la definición común de información —datos con sentido— no sabría decir en qué momento me volví celoso de mi información personal e impersonal. Es probable que admirar a figuras como Edward Snowden o Yasha Levine —ambos críticos de la vigilancia masiva aunque con perspectivas divergentes— influyera en mi forma de pensar. Tampoco recuerdo cuándo los productos y servicios de "Los Cinco Grandes" dejaron de impresionarme. Quizá influyeron las dudas que me despertaron el experimento de Kashmir Hillo las lecturas de Zuboff, Levine, Peirano y Bauman, que aumentaron mi preocupación por el poder que hemos concedido a MAMAA.

Decir adiós a "Los Cinco Grandes" es casi como despedirse del primer amor que vive en la misma cuadra: por más que quieras alejarte, siempre estará cerca. Tampoco recuerdo cuándo dejé de sentir que me estaba perdiendo algo importante por no estar conectado. Quizá influyó mi faceta de padre primerizo o la alta latencia del paraíso bucólico en el que vivo. Puede que las redes sociales y otros servicios de internet dejaran de serme útiles por dejarme arrastrar por la moda de la privacidad. O tal vez siempre fui más asocial de lo que creía. O, quién sabe, quizá la explicación más extraña sea la más certera: el libre albedrío es un mito; es muy probable que un algoritmo haya influido en mí, sesgando mis pensamientos, elecciones y actos.

A veces pienso que mi periplo digital ha llegado a su fin. Y, como en todo viaje largo, decir adiós es complicado.

"Abandono la lucha: que venga el final, una intimidad, un rincón oscuro para mí. Que me olviden todos, incluso Dios".
—Robert Browning, Paracelso (1835)

La cita de Browning es fascinante: concisa, cargada de sentido, y una invitación a reflexionar sobre la importancia —y la necesidad— de una vida privada y anónima. En el argot contemporáneo: ser un paria del flujo de datos, un hereje del dataísmo.

Decir adiós a mi vida digital me resulta casi imposible. Tal vez la solución sea adoptar una vida digital asíncrona: alejada de la tecnología conspicua; un regreso a la "Internet artesanal", a la "Web lenta"; una vida digital mediada únicamente por un ordenador de sobremesa. Han sido más de veinte años en este periplo digital. Quizá lo correcto, como en la vida real, sea madurar: dejar de ser un niño ansioso e ingenuo y actuar con mayor cautela.

Sí, es la respuesta de un blandengue. Lo políticamente correcto. Lo que el sistema de vigilancia masiva espera de nosotros: docilidad borreguil. Seguir creyendo en un panoptismo disfrazado de sinóptico benévolo y desinteresado, socialmente positivo, que actúa en nombre de la solidaridad.

Siguiendo la lógica de Bauman, dependemos de unos pocos individuos especialmente rebeldes, atrevidos y resueltos, dispuestos a resistirse a entregar nuestra autonomía personal. Individuos que valoren los atributos de la privacidad, aun a costa de ser excluidos, relegados o sospechosos de crímenes que no cometieron. Individuos contra la norma: contra la desnudez física, social y psicológica que se nos exige.
Porque, como apunta David Lyon, "en un giro de 180 grados respecto a los hábitos de nuestros antepasados, perdimos la valentía, la energía y, sobre todo, la voluntad de seguir defendiendo 'quién y qué soy', esos fundamentos insustituibles de la autonomía individual".

Breve relato acerca de recolección de datos

III. Comprendiendo la privacidad

La historia ocurre un miércoles cualquiera de julio de dos mil dieciocho, aunque, desde que salí de la oficina, tenía la sensación de que algo en ese día vibraba fuera de lo habitual. El reloj ubicado en el bulevar marcaba quince minutos antes del mediodía; la ciudad, entretanto, hervía con su tránsito denso y monótono, esa coreografía interminable de bocinas y arranques fallidos que define a las capitales de hogaño.

Venía de una reunión tan desgastante que aún llevaba la irritación adherida a la piel. Avanzar a paso de tortuga —un kilómetro por hora, si acaso— no ayudaba. A mi alrededor, los conductores compartían mis emociones: fastidio, hambre, cansancio. Las bocinas parecían un coro de protesta; mi estómago, un metrónomo que marcaba el ritmo del mal humor creciente.

A dos cuadras, el restaurante del payaso de cabello rojizo y ondulado aparecía como una solución imperfecta. No me agrada la comida chatarra, pero, como solía decir mi abuela (QEPD), "hay que llenar el buche". Aparqué lejos, por costumbre y por necesidad de despejarme, saludé al guardia y avancé hacia la entrada.

Una sonrisa entrenada y un "buena tarde, bienvenido" me recibieron. Respondí con otra sonrisa, igual de funcional. Mientras cruzaba la puerta, noté que el agente de seguridad apuntaba algo: quizá el número de placa de mi vehículo, quizá la hora exacta de mi llegada. Lo había visto hacerlo antes, pero aquel día sentí un leve tirón de inquietud , como si el gesto rutinario tuviera un propósito más profundo del que aparentaba.

Un joven me invitó a ordenar en las pantallas táctiles. Rechacé con un ademán y preferí observar desde la fila, con esa curiosidad que despierta cuando uno empieza a notar lo que siempre estuvo allí , invisible de tanto estarlo.

La transacción fue eficiente, sellada por el clásico “ka-ching” que ese día resonó distinto: más revelador que cotidiano. Minutos después, buscaba una mesa, me sentaba, conectaba mi móvil al WiFi del restaurante. Y fue justo en ese gesto banal cuando me asaltó la certeza —silenciosa, casi incómoda— de que mi almuerzo no sería lo único en proceso.

Mientras comía, imaginé las capas de información que se desprendían de mí sin que yo lo autorizara explícitamente : navegación, ubicación, tiempo de permanencia, hábitos. Las cámaras, tan discretas como omnipresentes, captaban mis expresiones, movimientos y reacciones. Datos espesos, cualitativos, íntimos. Una narrativa completa construida a partir de mi simple deseo de saciar el hambre.

"Esto se parece más a Big Brother que a un restaurante", pensé, con una mezcla de ironía y resignación. La modernidad había convertido lo cotidiano en un intercambio silencioso donde la moneda ya no era sólo dinero, sino también fragmentos de identidad.

Al terminar, agradecí y salí. El guardia volvió a apuntar algo al verme partir. Tal vez sólo seguía el protocolo. Tal vez no. De reojo, me pregunté cuántos detalles cotidianos se transforman , sin darnos cuenta, en datos almacenados en algún servidor distante.

De vuelta al tráfico, sentí que había dejado algo más que un recibo arrugado sobre la mesa. Había dejado rastros : pequeños, dispersos, aparentemente inocuos. Pero juntos formaban una historia más completa que la mía propia. Y mientras el semáforo cambiaba a verde, pensé que, al final, esa es la parte inquietante: casi nunca nos detenemos a reflexionar sobre todo lo que entregamos… simplemente por vivir un día "normal".

¿Simples algoritmos y procesamiento de datos?

II. Comprendiendo la privacidad

Yuval Noah Harari concluye su libro Homo Deus con tres interrogantes clave que espera permanezcan en la mente del lector mucho después de haberlo terminado:

  1. ¿Son en verdad los organismos sólo algoritmos y la vida únicamente procesamiento de datos?
  2. ¿Qué es más valioso: la inteligencia o la conciencia?
  3. ¿Qué ocurrirá con la sociedad, la política y la vida cotidiana cuando algoritmos no conscientes, pero altamente inteligentes, nos conozcan mejor que nosotros mismos?

Según Harari, estas tres preguntas derivan de procesos interconectados y de una cuestión más amplia: ¿a qué debemos prestar atención? En un mundo que cambia más rápido que nunca, saturado por cantidades imposibles de datos, ideas, promesas y amenazas, los seres humanos enfrentamos un fenómeno que Gonçal Mayos denomina proceso malthusiano del conocimiento. En su ensayo La sociedad de la incultura, Mayos explica que este proceso ocurre cuando el crecimiento hiperbólico de la información generada colectivamente supera con creces el incremento meramente aritmético de las capacidades individuales para procesarla.

"Ni que fueras tan importante"

El año pasado —no recuerdo la fecha exacta—, durante el almuerzo en la sala de reuniones, un grupo de compañeros conversábamos sobre diversos temas. En medio de aquel intercambio, uno de ellos compartió una anécdota particularmente interesante.

Relató un episodio incómodo que vivió al contar a sus amigos que, por primera vez, vivía solo en su nuevo apartamento. Uno de ellos le pidió una copia de la llave “por si algún día necesitaba un lugar para hacer fiestas o concretar alguna cita amorosa y efímera”. Mi compañero respondió con un rotundo “no”, agregando: “mi apartamento es privado”. Su amigo, ofendido, replicó: “ni que fueras tan importante”. La historia continuó —omitamos los exabruptos— hasta el momento en que, finalmente, mi compañero accedió a entregar la llave con la condición de que todo quedara en su lugar. Su amigo aceptó, enfatizando la condición.

Una situación similar se da hoy entre las compañías tecnológicas y los usuarios comunes. Si imaginamos que el apartamento representa los datos y metadatos , mi compañero es el usuario , la llave del apartamento la clave de cifrado , y su amigo las compañías tecnológicas , las respuestas de cada uno reflejan la tensión entre privacidad y control.

Al igual que mi compañero con su apartamento, los usuarios valoran su privacidad no sólo por protección, sino por dominio sobre su propio espacio digital. Es cierto que las empresas tecnológicas hacen “cosas divertidas” con los datos —como el amigo en el apartamento—, pero, al entregar la llave de su intimidad sin entender del todo lo que sucede dentro, los usuarios ceden su autoridad a terceros.

Objetos para extraer materia

Retomando una de las preguntas planteadas por Harari —¿son los organismos sólo algoritmos y la vida sólo procesamiento de datos?—, surge un análisis revelador: las compañías tecnológicas utilizan a los usuarios como materia prima para fabricar productos predictivos.

Shoshana Zuboff, en su libro The Age of Surveillance Capitalism, sostiene que la llamada “economía de la vigilancia” se basa en principios de subordinación y jerarquía: no existe reciprocidad entre empresas y usuarios. La autora explica que ya ni siquiera somos el “producto” que Google vende —como se solía decir—, sino los objetos cuya materia se extrae e inyecta en las fábricas de inteligencia artificial que elaboran los productos predictivos comercializados a los verdaderos clientes: las empresas que pagan por competir en los nuevos mercados del comportamiento.

La mayoría de los problemas y críticas actuales sobre privacidad se relacionan con el ámbito digital, especialmente con la Web y con Internet. Sin embargo, sólo en contadas ocasiones se analizan sus implicaciones en el mundo analógico, donde también se reflejan.

Marta Peirano, autora de El enemigo conoce el sistema, fue consultada en una entrevista sobre si existe alguna forma de pasar inadvertido y evitar la recopilación y sistematización de datos personales. Su respuesta fue contundente:

Probablemente no. Antes podías elegir abandonar los dispositivos que te vigilan —como el móvil— o estar en un espacio sin cobertura, pero ahora la red de vigilancia ha escalado a sistemas de reconocimiento facial y satélites que funcionan como el ojo de Dios. No hay monte al que no lleguen. Estamos en esa fase en la que renunciar a la tecnología no implica dejar de ser vigilados.

Conviene recordar que la historia del capitalismo ha consistido, en buena medida, en captar elementos ajenos a la esfera comercial para transformarlos en mercancía. La privacidad, lamentablemente, no ha sido la excepción.

Lo viejo es genial, una vez más

Redescubriendo RSS

"Todas las desgracias del hombre se derivan…". Así iniciaba esta historia, con una cita de Blaise Pascal. Durante los días de confinamiento provocados por la pandemia de COVID-19, esta frase fue utilizada con frecuencia para describir a quienes no soportaban quedarse en casa a solas con su soledad. Es probable que Pascal no haya considerado que no todos los seres humanos comparten el refrán «el [ingresar animal] solo se lame mejor», incluso en situaciones de emergencia. Somos una especie racional, gregaria, exploradora, claustrofóbica y, sin duda, depredadora. Sin embargo, el elemento racional aún no impera sobre los demás para alcanzar consenso en torno a temas de interés común.

Con el paso del tiempo, los historiadores quizá concluyan que, a inicios de este siglo, el mundo había desarrollado una clase de expertos, políticos, activistas y opinólogos capaces de convertir cualquier asunto —incluso una crisis de salud pública— en una guerra cultural.

La pandemia fue, en su momento, una prueba de ciudadanía. En aquellos días, cada uno de nosotros debió elegir entre confiar en los datos científicos y en los expertos en salud, o ceder ante teorías conspirativas y políticos oportunistas. Esa elección definió mucho más que nuestra salud: definió nuestra libertad.

El ascenso y desaparición del RSS también es, en cierta forma, una historia de disenso.

Explicación Realmente Simple

El domingo dieciséis de febrero del año dos mil veinte fue un día triste para mí, para mi familia y para los familiares del lado de mi padre. Alrededor de las trece horas, vía telefónica, mi madre me dio la noticia del fallecimiento de uno de mis tíos. El velorio y las demás actividades se llevaron a cabo de la manera más ordenada y “normal” posible. Me hubiera gustado agradecerle —en vida— muchas cosas, pero lamentablemente tuvo que partir antes, rumbo al paso de la laguna Estigia, en compañía de Caronte.

Pasadas las diecinueve horas de ese mismo día, a pocos metros del velorio, cerca de un pequeño parque pintoresco, sostenía una conversación con tres familiares cuando el mayor de mis sobrinos se acercó y me interrumpió con una pregunta, quizá con la intención de distraerme:
—Oye, tío, ¿qué es RSS y por qué sigue siendo tan especial para los de tu generación?

Desconcertado, respondí sin mucha concentración:
—El RSS es como la cronología que observabas antes de hacerme la pregunta, sólo que inmóvil e igual para todos. Genera los mismos sentimientos que el VHS. Recuerda los episodios “El mejor VHS del mundo” y “La Antigua Orden del VHS” de Un show más.

Mi sobrino asintió levemente, aunque noté que le costaba procesar la respuesta.

Explicar qué es RSS no se resuelve con un simple “según Wikipedia”. Depende tanto del conocimiento técnico como de la edad de quien pregunta. Hace más de una década, para el usuario promedio de Internet —es decir, para quien tiene la edad del Bloc de notas 🙋‍♂️ o más—, el RSS era un término familiar. Hoy, expresiones como “Resumen Óptimo del Sitio” o “Sindicación Realmente Simple” podrían sonar a klingon en estos tiempos de líneas de tiempo dinámicas y heterogéneas. Pero no es más que un estándar que los sitios web y pódcasts utilizan para ofrecer contenido a sus usuarios, fácilmente interpretado por aplicaciones conocidas como lectores RSS.

El RSS, al igual que el correo electrónico, es una tecnología resistente que continúa potenciando muchas aplicaciones web. Con el paso de los años y la popularización de las redes sociales, ha quedado principalmente en manos de quienes se interesan por la tecnología de consumo no conspicuo, la privacidad, la web abierta y lenta, y el Internet artesanal.

Un tuit de hace ya varios años capturaba bien esa esencia.

El treinta de marzo de dos mil veinte, Brian Barrett, entonces Director Digital de WIRED, publicó “It’s Time for an RSS Revival”. Según Barrett, el objetivo del RSS es facilitar el seguimiento de las actualizaciones de nuestros sitios favoritos en un formato estandarizado, sin algoritmos ni tecnologías opacas de por medio. También destacó la utilidad de los lectores RSS para organizar el contenido disperso y convertirlo en algo manejable.

Barrett explicaba:

La diferencia entre recibir noticias de un lector RSS y recibirlas de Facebook o Twitter o Apple News es como la diferencia entre un bufé de Las Vegas y un menú a la carta. En ambos casos tú decides lo que quieres consumir, pero el bufé te da un mundo de opciones que, de otro modo, nunca habrías visto.

Lo viejo y lo lento es genial

En febrero de dos mil diecinueve, también en WIRED, Nitasha Tiku, escritora sénior, publicó “The Soothing Promise of Our Own Artisanal Internet”. El artículo abordaba el concepto de la Web Lenta y el Internet Artesanal. En esencia, Tiku proponía adoptar tecnología independiente y descentralizada para un recorrido digital más humano. Hablaba de aplicaciones web artesanales que permiten aprender, conectar o crear sin ser vigilados ni manipulados por intereses ajenos.

Internet, por su naturaleza viral, tiene la capacidad de hacer nuevo lo viejo o genial lo ordinario. Basta con echar un vistazo a BetaList, Product Hunt o GitHub para notar un nuevo brote de lectores RSS. Nadie habría imaginado este resurgimiento, ni siquiera quienes, hasta el día de hoy, continúan confiando en el RSS como herramienta principal de información.

La mayoría de quienes usamos RSS —me incluyo— nunca imaginamos que, tras el auge de las redes sociales y el cierre de Google Reader, esta tecnología tendría un segundo, tercero, cuarto... aire. Todo apuntaba a una desaparición lenta, relegada a podcasters, programadores y periodistas ocasionales.

Sin embargo, en su renacimiento, el RSS ofrece lo que las redes sociales no: un modo lento (excepto quizá Mastodon), cronologías sin sesgos algorítmicos, amplitud de horizontes, menos ruido, simplicidad y homogeneidad.

Houston, hemos encontrado una ley apócrifa en las tecnologías de consumo de contenido: coexistencia.

El hartazgo de lo mismo

Sobrecarga de información, falta de privacidad, publicidad dirigida, sesgo algorítmico, posverdad, los mismos temas de siempre… son solo algunos motivos por los que muchos han abandonado las redes sociales como fuentes de información. Pero hay un factor que supera a todos: los medios.

John Verdon, con un toque de Chomsky, lo resume en Deja en paz al diablo:

Los flujos de información son controlados por los Guardianes de la Libertad: medios, corporaciones y gobiernos. Una pequeña porción de la población decide lo que debemos ver. Lo que nos permiten ver, en su mayoría, es basura: debates absurdos, glorificación del escándalo, teorías de la conspiración, polarización. El mercado de la basura es más grande que el del comentario sensato e inteligente. Los medios han pasado de ser fuentes relativamente inofensivas a máquinas cínicas de división. Glorifican la agresividad y hacen virtud de la ignorancia.

Cuando las redes sociales alcanzaron su auge, se pronosticó el fin de los medios tradicionales. No fue así. Las redes pasaron de ser la solución a convertirse en sofisticadas herramientas de vigilancia capaces de moldear la opinión pública mediante algoritmos, noticias falsas y ejércitos de bots. Los medios tradicionales, por su parte, no desaparecieron: migraron hacia modelos similares, donde la atención se convierte en el recurso más valioso.

El RSS y las aplicaciones afines no son la solución definitiva al hartazgo digital, pero sí una alternativa para disminuir su impacto. La verdadera solución está en rechazar el consumo de basura mediática. Si no consumimos lo que no vale la pena, eventualmente los medios deberán ofrecer contenido útil y veraz.

Antes de Twitter (X), antes de las líneas de tiempo algorítmicas, antes del capitalismo de vigilancia, existía RSS. Y ahora que nos alejamos de la web centralizada para volver a la descentralizada, es momento de redescubrirlo, abrazarlo y reclamarlo como nuestro.

¿A dónde recurrir?

Ya no soy el usuario de hace más de una década. Hoy soy más meticuloso y menos ansioso. Aquello de autodenominarme pro, geek o techie hace tiempo dejó de tener sentido: me parecen adornos tecnocentristas de consumo conspicuo y alienante.

Por ello, mi recomendación es sencilla: busca el lector RSS que te resulte más cómodo y grácil para disfrutar tu recorrido digital. Que sea multiplataforma, síncrono, social, con filtros de palabras clave y que permita convertir boletines en feeds RSS.

Lo especial de la época dorada de esta tecnología fue que, en aquel tiempo, los sitios personales y los blogs eran verdaderamente propios, y el RSS era una forma magnífica de capturar esa sensación.

Para concluir: ya no vivimos una pandemia, pero abundan casos como el de mi sobrino. Ojalá este ensayo sirva como un modesto tratamiento.

Sin más que agregar, me despido con aprecio y con la esperanza de que este texto haya sido descubierto a través del feed RSS proporcionado por esta plataforma blog.

Saludos.

Alrededor de la fogata

Sobre leer y escuchar

Durante mi infancia tuve la dicha de vivir un sinfín de aventuras con mis hermanos, primas y primos: mis camaradas. Las más vívidas que recuerdo son las historias leídas en voz alta por la mayor de mis primas, alrededor de una fogata improvisada. El segundo jueves de cada mes, bajo el cielo despejado y el cálido ambiente propio de las áreas secas del «país de la eterna primavera», unos más que otros, disfrutábamos de escuchar lecturas amenas. Si hablara el terreno baldío contiguo a la casa de mis padres, sería un magnífico narrador de historias inconexas.

La palabra está impregnada de afectividad. Escuchar puede convertirse en toda una aventura. —Isabel Fernández Morales

Escuchar literatura en voz alta no tiene nada de místico o esotérico, tampoco es un rasgo generacional inherente. Hasta finales de la Edad Media, por lo menos, la literatura fue, sobre todo, escuchada. Es curioso que esa tradición se haya recuperado de forma exponencial durante esta década.

El arte de escuchar

A modo de resumen, Isabel Fernández Morales, periodista especializada en documentación y tecnologías de la información, expone en su ensayo Podcasting, tú tienes la palabra varios puntos interesantes sobre las bondades de las producciones sonoras relacionadas con la literatura y el podcasting:

Leer literatura estimula ambos hemisferios del cerebro: el izquierdo, encargado del lenguaje, la lógica, las secuencias, las partes y el análisis; y el derecho, asociado a la imaginación, la globalidad, la música, el ritmo y lo visual-espacial. Escuchar literatura estimula el hemisferio derecho, capaz de identificar los diversos tipos de entonación y de otorgarles valor.

Escuchar un libro es toda una vivencia y, por ejemplo, en los niños aún no iniciados en la lectura, posibilita la relación dialogal entre el adulto y el niño pequeño. Lo invita a apropiarse del poder de leer; no como un ejercicio arduamente ensayado, sino como un juego que conjuga entonación, memoria e imaginación sensorial. Al leer el libro repetidamente, codo a codo con la voz del adulto (o de niños mayores), el prelector sabe dónde aparecen las palabras, las sitúa en ese espacio página, lo guía la memoria visual y el índice, recorriendo las líneas, las ilustraciones, su memoria auditiva y su contacto afectivo.

El podcasting y las producciones sonoras sobre literatura pueden, además de fomentar la lectura y la escucha, ir más allá y recuperar un oficio olvidado: el arte de leer. No las técnicas y prácticas de aprendizaje lector, sino la cadencia, el ritmo, la entonación y la expresión de un lector que quiere contar, cantar, encantar a un grupo expectante. Sin duda, el podcasting y las producciones sonoras sobre literatura son herramientas utilísimas para promover la lectura en voz alta y sus valores.

También están los audiolibros. Un audiolibro, generalmente, es la grabación de los contenidos de un libro leídos en voz alta: un libro hablado. Es un medio útil cuando la lectura directa no es posible, pero también es una forma de conservación y una manera de disfrutar de la literatura realizando otras actividades: caminar, conducir, cocinar o recostarse y descansar con la luz apagada. A veces los audiolibros son versiones reducidas, a veces la voz es generada por computadora, otras es humana, y en las mejores producciones participan actores e incluyen efectos y música. Existen producciones privadas que se comercializan, grabaciones provenientes de la radio y audiolibros realizados por comunidades de usuarios que los distribuyen mediante podcasting.

Con Internet, la tecnología de podcasting, la innovación en producciones sonoras y la proliferación de dispositivos de escucha digital, su difusión ha aumentado. En países desarrollados y en vías de desarrollo es habitual encontrar personas escuchando libros mientras caminan por la calle, conducen, viajan en autobús o esperan a alguien. Este sistema está empezando a consolidarse. Probablemente su difusión continuará ampliándose a medida que se popularice más la escucha y descarga de audios.

Texto vs. Audio

En el blog La Piedra de Sísifo han tratado con propiedad y avidez (1, 2, 3 y 4) este tema complejo sobre gustos y preferencias de lectura que, en la mayoría de los casos, genera opiniones a favor y en contra: a veces mesuradas, a veces radicales.

Alejandro Gamero y compañía invitan al lector a reflexionar que lo importante no es tanto cómo se lee, sino animar a leer, independientemente del formato o medio. La narrativa transmedia es una forma perfecta para fomentar la lectura entre los jóvenes, y no deberíamos dejar de reconocerlo solo porque nos hayamos empeñado en mitificar el libro impreso. Significa que la perspectiva simplista de los amantes del papel —que no aceptan los audiolibros como «libros»— desaparecerá a medida que la narración sea más sencilla, predecible y familiar. Por más aversión cultural que exista, escuchar un libro es también leerlo: nuestro cerebro no distingue la fuente de las palabras.

Este frente a frente no es nada nuevo, pues ya fue planteado por «el maestro de Grecia». De acuerdo con Maryanne Wolf, en su libro Cómo aprendemos a leer, Sócrates fue un vigoroso detractor de la palabra escrita frente a la cultura oral a la que pertenecía.

En primer lugar, Sócrates postulaba que la lengua hablada y la escrita desempeñaban un papel diferente en la vida intelectual del sujeto; en segundo lugar, consideraba que las nuevas —y mucho menos rigurosas— exigencias de la lengua escrita colocaban tanto a la memoria como a la interiorización del conocimiento en una situación catastrófica; y, por último, propugnaba con vehemencia el papel exclusivo de la lengua hablada en el desarrollo de la moralidad y la virtud social.
Él creía que, al contrario del «discurso muerto» de la lengua escrita, la lengua oral o «discurso vivo» estaba formada por entidades dinámicas —llenas de significado, sonido, melodía, énfasis, entonación y ritmo— listas para ser desveladas, capa a capa, mediante el análisis y el diálogo. Por el contrario, la palabra escrita no podía responder. La rígida mudez de la palabra escrita condenaba al fracaso el proceso de diálogo que Sócrates consideraba la esencia de la educación.

En mis ratos libres me gusta analizar temas que generan discrepancia, con el objetivo de comprender la percepción de cada grupo. El debate sobre el formato y medio de consumo de lectura no tiene fin: no hay ganador. Desde mi humilde opinión, perdemos más de lo que ganamos en discusiones infructuosas y en limitarnos a un solo formato. En lo personal, me considero un lector todoterreno: disfruto leer con la misma intensidad extractos de texto en notas adheridas al refrigerador que el Criptonomicón; también disfruto escuchar unos cuantos baits de sonido generados por voz sintética de un artículo con ciberanzuelo, como escuchar la versión sonora de Homo Deus.

No soy lector melindroso para evitar el empacho.

El potencial de los audiolibros y pódcast en diversos ámbitos es evidente. Por ejemplo, en el ámbito académico percibo su utilidad para mitigar la lectura impositiva a la que todo estudiante y profesional en formación está expuesto desde temprana edad.

Escribir para que te escuchen

En esta época temprana de cúbits, el tiempo es un activo intangible escaso. Si bien leer es tan bueno precisamente porque es antinatural, recurrimos a escuchar porque, además de ser natural y provechoso, permite realizar otras actividades al mismo tiempo, requiere menos concentración y resulta más eficiente en esta era de tiempos raudos.

Hablando de tiempos raudos y del culto a la eficiencia: las aplicaciones y servicios web que permiten administrar listas de lectura obtenidas desde Internet han crecido exponencialmente desde que incluyen sistemas para convertir texto en voz sintética.

Esta tendencia ofrece a quienes escribimos bitácoras de forma altruista la oportunidad de ser más leídos, pero también exige mayor esfuerzo previo a la publicación: investigación más profunda, textos pulcros, escuchar el borrador con voz propia o sintética y correcciones enfocadas en la fluidez de lectura. Un enfoque holístico, quizá.

Llevo más de un año l̶e̶y̶e̶n̶d̶o̶ escuchando noticias, reportajes, reseñas de películas, opiniones, entrevistas, libros y algunos artículos como el que estás l̶e̶y̶e̶n̶d̶o̶ escuchando en estos momentos. El resultado ha sido provechoso.

Espero que este escrito sea del agrado del lector, en el formato y medio con el que se sienta más cómodo.

Saludos.

Protegeré su privacidad, mis bebitas

I. Comprendiendo la Privacidad

Mi bebita nonata, además de ser tu ayo, seré tu protector nato —dentro y fuera de línea—. Prometo resguardarte de los fotógrafos aficionados que no pueden tener un dispositivo en las manos y un bebé frente a los ojos, los mandaré a comer abrojos. Protegeré tu privacidad hasta que seas independiente. No permitiré que tus fotos privadas o comprometedoras terminen alojadas en los servidores de corporaciones que lucran con los datos, ni en los dispositivos de quienes desconocen siquiera qué son los metadatos.

Recuerdo con nitidez el día en que escribí esas líneas: quince de diciembre de dos mil dieciocho (15/12/2018), el mismo día que nació mi hija mayor. Durante aquel fin de semana anoté fragmentos de ideas dispersas que cruzaban mi mente. Probablemente eran el resultado de la ansiedad, del desvelo, de esa mezcla de asombro y miedo que acompaña a los primeros días de paternidad. Los que son padres lo entenderán.

Siempre he considerado un tanto desatendidos a los padres que publican las fotos de sus hijos desde el vientre, sin reparar un instante en la privacidad. La manera en que reaccionan mis amigos y compañeros de trabajo cuando surge el tema suele resultarme, cuando menos, hilarante: me tildan de paranoico, envidioso o asocial por no compartir mi vida privada. Al parecer, a ojos de los demás —y quizá de la sociedad entera—, el que está mal soy yo. Lo “normal”, si así puede llamarse, es que la vida privada haya dejado de serlo, al menos en línea.

Casi siete años después del nacimiento de mi hija mayor, puedo decir con propiedad que continuar con mi misión no ha sido sencillo. Ser “el guardián de la privacidad” a tiempo completo ha resultado agotador. A veces frustrante. Pero la comprensión de mi esposa —cada vez más consciente— y el carácter algo esquivo de mis hijas suavizan esa carga. La privacidad, después de todo, no es solo un asunto personal: también es un acto de respeto hacia quienes amamos.

He puesto todo mi empeño en evitar que mis hijas, la mayor y ahora también la menor, sean fotografiadas a diestra y siniestra, y en impedir que sus imágenes circulen por los servidores de Mark Zuckerberg o reposen en los servidores de Google o Amazon. Resulta tedioso pedir, con amabilidad, a un familiar o conocido que se abstenga de tomar o compartir fotografías de mis hijas; en la mayoría de los casos, se lo toman como una ofensa, sin comprender el fondo de la petición.

Quizá esta historia se perciba como una versión adulta de bloquear contenido no apto para niños —una suerte de “no permitir ver Peppa Pig”—. No obstante, la analogía de Lorena Fernández —sobre poner persianas en nuestros hogares, tanto analógicos como digitales— me resulta mucho más certera. Vivimos en una época en la que nos han hecho creer que la privacidad es patrimonio de quienes tienen algo que ocultar. O, como escribió hace algunos años el director ejecutivo de Google, Sundar Pichai: “[…] cada quien define la privacidad a su manera”. Y, al igual que al decidir qué dibujos animados pueden ver tus hijos o si colocar o no persianas en casa, todo parece reducirse a gustos y preferencias.

Somos libres de elegir si formar parte o no del flujo de datos. No obstante, creo firmemente que los niños tienen derecho a una vida privada, tanto fuera como en línea. Derecho a no ser expuestos desde una edad en la que aún no pueden decidir por sí mismos. En lo personal, aunque sea complejo, procuraré que la vida de mis hijas esté lo menos expuesta posible. No quiero que, años más tarde, me lo reprochen. Espero ser un buen ayo en este sentido, para que el día de mañana ellas sean más cautas que los adultos del presente.

Amar a un hijo empieza por respetar su privacidad.

¿Quién será el autor?

Más allá del horizonte VII

Recuerdo, con suma lucidez, un embrollo —políticamente sobredimensionado— de plagio (que por cierto este año cumple una década) acerca de un académico señalado de reproducir textos ajenos: más que la culpa de una persona pareció encender una pregunta mayor sobre la propia ontología de la escritura: ¿Qué es autoría cuando copiar, adaptar y remezclar han dejado de ser tareas arduas para convertirse en acciones tan simples como pulsar unas teclas? Esa anécdota no es asunto menor: es una puerta que nos obliga a mirar la escritura contemporánea sin romantismos, y a preguntarnos qué valoramos cuando determinamos un texto como propio.

Ese embrollo anecdótico sirve como metáfora de nuestra época. La digitalización y la tecnología generativa han transformado la relación entre autor y texto. Ya no basta con un nombre al pie de página: la escritura se ha vuelto un territorio compartido entre la creatividad humana y la eficiencia algorítmica. Una misma obra puede ser el producto de la mente de un autor, de un modelo de lenguaje o de una combinación de ambos. Esta ambigüedad nos obliga a replantear qué entendemos por autoría y qué valor atribuimos a la voz individual en un contexto donde las máquinas pueden recombinar ideas en segundos.

La escritura ha sido siempre un acto de pensamiento y presencia, un enfrentamiento del individuo con el mundo y consigo mismo frente a la hoja en blanco. Es en esa tensión donde brota la originalidad. El modelo algorítmico, en contraste, opera de una manera fundamentalmente distinta: reorganiza patrones preexistentes, predice frases y sugiere giros. Carece de dudas, emociones, y de la capacidad para experimentar el asombro o el error.

La irrupción de esta tecnología plantea riesgos sutiles. La uniformidad que la máquina puede imponer amenaza con debilitar la diversidad de voces. Asimismo, una dependencia excesiva de estas herramientas podría atenuar el pensamiento crítico y la capacidad de cuestionar. La escritura no es sólo un producto final; es un proceso que revela nuestra forma de entender y relacionarnos con el mundo. Cada palabra, cada pausa y cada giro de frase es una decisión consciente que una máquina no puede replicar.

Sin embargo, el vínculo con estos sistemas no tiene por qué ser antagónico. Se trata de emplear estas herramientas con presencia, discernimiento y ética, manteniendo siempre el control humano sobre la obra. La máquina puede asistir, sugerir o agilizar el proceso, pero no puede reemplazar el pulso vital que da forma a una voz auténtica. La escritura, en esencia, seguirá siendo humana mientras haya alguien que elija pensar, sentir y decidir a través de sus propias palabras.

A la luz de lo anterior, la cuestión central y de los tiempos que corren siguen siendo la misma que la del incidente planteado al inicio: ¿qué significa ser autor cuando los textos pueden ser compartidos, generados y recombinados sin esfuerzo? Para mí, la respuesta no reside en prohibir ni temer, sino en persistir en lo que nos distingue: la capacidad de vivir, de reflexionar y de escribir desde el interior.

Aquí termina la serie de ensayos reflexivos Más allá del horizonte.

El método Finkelstein del populismo de derecha

La premisa de Arthur Finkelstein era simple: cada elección se decide antes de que comience. La mayoría de las personas saben por quién votarán, qué apoyan y a qué se oponen. Es muy difícil convencerlos de lo contrario.

  1. Es mucho más fácil desmoralizar a las personas que motivarlas. Y la mejor manera de ganar es desmoralizar a los partidarios del oponente.
  2. En cada elección generalmente se trata de las mismas preocupaciones: drogas, crimen y raza. Estos son los problemas que crean la mayor división política.
  3. Polarizar al electorado tanto como sea posible. El combustible: el miedo. El peligro para generar miedo debe presentarse como proveniente de la izquierda.
  4. El que no ataca primero será derrotado. Toda campaña necesita un enemigo para derrotar. Se debe demonizar tanto al enemigo que incluso los votantes más perezosos salgan a votar sólo para rechazarlo, antivoto.
  5. No hable de sí mismo, debe centrar su campaña en destruir a sus oponentes.
  6. Un anuncio extrañamente sombrío es eficaz, por ejemplo: «Hagamos que [ingresar país] vuelva a ser grande». Maximice el Nacionalismo sobre todas las cosas.
  7. Si nada de lo anterior funciona puede obtener material de Soros de Internet. El material anti-Soros es un arma de código abierto, globalizada, disponible de forma gratuita y adaptable. Soros es el denominador común del movimiento nacionalista.

Fuente: The Unbelievable Story Of The Plot Against George Soros

P.D. Cualquier parecido con la realidad no es coincidencia .

Pasar a la posteridad en tiempos de lo efímero

Más allá del horizonte VI

Cronología:

-04/06/2020, Antonio Rodríguez de las Heras fallece por COVID-19.

-05/06/2020, homenaje a Antonio creado por sus amigos en Wikipedia.

-08/06/2020, El País Retina publica una nota in memoriam.

-30/01/2021, se edita por última vez la revista El País Retina.

A todas luces: la posteridad en tiempos de lo efímero.

Antonio Rodríguez de las Heras fue un escritor prolífico. Más allá de sus lúcidas reflexiones en la columna La vida en digital, dejó un vasto legado compuesto por libros, artículos y ensayos dispersos por toda la red. No tuve la fortuna de conocerlo en persona, pero desde 2018 he leído buena parte de sus contribuciones. Me atrevo a afirmar que, en esas lecturas, he alcanzado a vislumbrar algo de su verdadero yo.

El cierre de la revista Retina quizá no afecte de manera decisiva la presencia digital de la marca editorial; sin embargo, es casi seguro que el repertorio de Rodríguez se lea poco más allá de las fronteras españolas, salvo por algún investigador que, con paciencia, rastree el archivo de El País. Esta realidad es un reflejo de nuestros tiempos: vivimos bajo el signo de la fugacidad, donde la popularidad, medida en términos comerciales, suele imponerse a la posteridad.

La posteridad en la escritura digital es un tema amplio y complejo, aunque procuraré ser breve. Desde siempre, la escritura ha sido un vehículo para trascender. Gracias a ella se han preservado logros, transacciones, cartas, orgullos, miedos, ideas y pensamientos. No obstante, en su versión digital, pese a los avances en la gestión de contenidos desde los años noventa, no ofrece la misma garantía de permanencia que las bibliotecas tradicionales, pues el interés comercial tiende a dominar sobre el cultural.

Basta imaginar que, si mañana Automattic decidiera cerrar sus servidores, miles de horas de trabajo intelectual se desvanecerían en un instante. Lo digo por experiencia propia: en un situación parecida se desvaneció mi primer artículo. Algunos sostendrán que existen alternativas, pero eso sería caer en la misma trampa de lo efímero. Es cierto que muchos escritores digitales recurren a Internet Archive como cápsula del tiempo, aunque resulta difícil prever si esta iniciativa podrá sostenerse durante los próximos cincuenta o cien años, considerando el crecimiento exponencial de su archivo en términos de petabytes.

¿A qué escritor no le gustaría gozar de la posteridad de los grandes pensadores griegos? Personalmente, me encantaría que dentro de cien o quinientos años alguien encontrara estas líneas; o mejor aún, que alguien leyera el legado de Aglaia Berlutti, Antonio Rodríguez, Enrique Dans o Santiago Sánchez-Migallón. Si la posteridad es un mérito proporcional a la contribución, ellos la merecen con creces.

Lo cierto es que, en esta modernidad líquida, la nube nunca fue concebida para custodiar la memoria escrita. Cada caída de servidores o ataque informático a alguno de los gigantes tecnológicos lo pone en evidencia. Sin embargo, los medios tradicionales de almacenamiento tampoco son una respuesta definitiva. Las cápsulas del tiempo han probado ser útiles, pero quizá, en los próximos años, una variante de la Bóveda de Código Ártico de GitHub logre preservar la obra de los escritores digitales para las generaciones futuras. Al fin y al cabo, la escritura posee la virtud de trascender épocas y culturas, aunque sus autores, con toda probabilidad, nunca lleguen a contemplar los frutos de esa aspiración.

“[…] sobre la liquidez de nuestra época líquida, donde el triunfo de lo efímero ha matado a la posteridad y donde, a pesar de ello, se trata de sacar consuelo y celebración, haciendo pie en un epicureísmo sonriente, de nuestra condición fugaz.”
—Efímera, Miguel Albero

Morir con honor

Imaginemos por un momento V

El aire vibra con el choque de las espadas. ¡Chis-chas! ¡Chischás! Sir Gareth y Sir Lanzarote se baten en un duelo a muerte. Un destello acerado, un giro implacable… y la hoja de Lanzarote se hunde en el costado de Gareth.

Con el aliento entrecortado y la mirada clavada en su adversario, Gareth susurra:

—Acaba conmigo, Lanzarote. Si muero por tu espada, mi nombre vivirá más allá de los siglos. He de morir con honor… por la causa.

Lanzarote no vacila. El golpe final corta el aire, y Gareth se derrumba con una expresión extrañamente complacida. Lanzarote limpia su espada y se aleja sin mirar atrás, rumbo a otro combate.

Pero Sir Lanzarote no existe fuera de ese campo virtual. Es Edlian75, un jugador que, desde que leyó La muerte de Arturo, sueña con la Edad Media: caballeros, honor, justicia, propósito.

El 12 de febrero de 2035 se sumerge en Camelot, un videojuego de inmersión profunda. Desde entonces, vive aislado del mundo real… esperando el día en que alguien, en la verdadera realidad, decida apagar la máquina.

Y cuando eso ocurra, él lo sentirá como su último duelo.

Latifundios digitales

Imaginemos por un momento IV

Imaginemos una línea recta en el tiempo. No nos detengamos al principio ni a la mitad, sino unos siglos después de la caída del Imperio Romano de Occidente, cuando distintos pueblos invadieron y transformaron Europa. Situémonos justo en la época en que el control de la tierra era el centro de todo: de la economía, del poder, de la vida misma.

En ese entonces, surgieron los señoríos feudales. El señor entregaba una porción de tierra a su vasallo a cambio de servicios y lealtad. A esas tierras se les llamaba feudos, y podían variar mucho en tamaño: algunos extensos como dominios enteros, otros más pequeños, resultado de divisiones hereditarias o acuerdos familiares.

Ahora demos un salto temporal. Regresemos al presente.

Pensemos en un espacio compartido, un terreno donde ciudadanos y empresas construyen, digitalmente, sus casas y edificios. Un terreno que no vemos, pero que sí existe —y tiene dueños. Seis, para ser exactos.

En este nuevo mundo, nosotros —los usuarios— ocupamos parcelas digitales: subimos nuestras fotos, escribimos mensajes, guardamos documentos, usamos aplicaciones... A nuestro alrededor, grandes empresas también alquilan espacio: redes sociales, plataformas de transporte, aplicaciones para tomar notas, servicios de almacenamiento...

Y todo ocurre en un terreno propiedad de seis megacompañías: Alibaba, Amazon, Google, IBM, Microsoft y Oracle.

Este terreno, conocido como la Nube, promete hacerlo todo más fácil, más rápido, más barato. Y lo logra. Pero si nos detenemos a observar, veremos que esta nube está dividida en seis grandes dominios. Seis latifundios digitales. Y como en aquellos tiempos antiguos, sus dueños deciden quién puede crecer, con qué herramientas, en qué condiciones.

Tal vez no tengamos castillos ni caballeros, pero seguimos siendo vasallos. Sólo que ahora, nuestros feudos son cuentas, servidores, datos.

La lógica económica de los blogs

Más allá del horizonte V

Una investigación realizada en 2020 (y actualizada en 2024) reveló que las principales razones por las que se lee un blog son: aprender algo nuevo, entretenerse y mantenerse al tanto de noticias o tendencias en el ámbito laboral. También identificó las causas más comunes por las que las personas dejan de leerlos: mala redacción, divagación excesiva y textos innecesariamente largos. Nada de eso resulta sorprendente. Pero si uno repasa con atención estas razones, queda claro que los blogs siguen siendo relevantes. Y seguirán siéndolo mientras alguien tenga algo que decir —y otro, el deseo de leerlo—. Así de simple.

Es común pensar, sobre todo entre quienes apenas se animan a publicar su primera entrada, que escribir en la web es cosa del pasado. Pero esa idea nace más del ruido del presente que de una lectura atenta del panorama. Todavía no es tarde. Siempre hay espacio para una voz más, para un enfoque distinto, para una mirada que no encuentra cabida en los formatos dominantes. El texto —aparentemente relegado en la era de los videos breves y los algoritmos— conserva una fuerza serena, casi obstinada. No grita, pero llega. No se impone, pero permanece.

En esencia, los blogs no han desaparecido. Cambian, mutan, se adaptan. Pero siguen ahí, atravesando modas, resistiendo etiquetas. Tienen algo —difícil de definir— que los hace persistir. Sin embargo, más allá del impulso expresivo o del deseo de contradecir al algoritmo, hay una dimensión menos visible pero igual de importante: la lógica económica que sustenta el lugar donde escribimos. Porque aunque imaginamos estos espacios como abiertos y neutrales, lo cierto es que están tejidos dentro de estructuras con intereses, modelos de negocio y necesidades de sostenibilidad.

Comprender esa lógica no es un acto de paranoia, sino de lucidez. Saber qué motiva a las plataformas de blogs —por qué existen, cómo se financian, qué esperan de quienes las usan— nos da herramientas para tomar decisiones más conscientes. No siempre podremos resistir al sistema, pero al menos podremos elegir con mayor claridad dónde y cómo participar.

Muchas plataformas se sostienen mediante publicidad, suscripciones o donaciones. El esquema es conocido. Pero lo crucial es notar cómo cada modelo económico afecta nuestra experiencia: qué se promueve, qué se descarta, qué se intercambia —y en ocasiones, qué se pierde sin que lo notemos.

Por ejemplo, la gratuidad basada en anuncios suele implicar vigilancia, explotación de datos personales y una obsesión por las métricas. En cambio, cuando una plataforma surge desde la comunidad, se financia con apoyo directo y se construye sobre valores compartidos, su lógica tiende a ser diferente: más transparente, menos invasiva, más cercana a quienes la habitan.

Existen, aunque en minoría, iniciativas que exploran otras formas de sostenibilidad: ecosistemas colaborativos, servicios técnicos discretos o modelos híbridos que combinan ingresos sin ceder principios. No se trata de utopías, sino de prácticas reales, sostenidas con ingenio, convicción y propósito.

Y aunque el panorama esté dominado por lo gratuito con trampa, por lo viral sin contenido, por lo cuantificable a toda costa, también hay espacio —y esperanza— para lo otro: lo que se hace con cuidado, con ética, con sentido. Basta con afinar la mirada, buscar con paciencia y, sobre todo, elegir con criterio el lugar que queremos habitar en la web.

Antropología digital

Imaginemos por un momento III

Año 2062. Los hijos de la generación alfa ya son adultos. Los milénicos, ahora abuelos, activan su “modo Abuelo Cebolleta” para contar cómo eran los buenos tiempos, allá por el lejano 2025. El cometa Halley vuelve a asomarse en el cielo. Su paso, como siempre, nos obliga a mirar hacia afuera —y hacia adentro— para preguntarnos cuánto hemos comprendido del universo… y de nosotros mismos.

Elon Musk ha muerto. Peter Thiel no halló la fórmula de la inmortalidad. Pero uno de los sueños de Musk se hizo realidad: Marte es habitable. Terraformado. Los viajes de ida y vuelta al planeta rojo se han vuelto pasatiempos exclusivos de los plutócratas de la Tierra.

Los robots se parecen más a los humanos. La inteligencia artificial, tras veinticinco años de estancamiento por la bancarrota de Microsoft, Meta, Google..., retomó impulso. Hoy avanza sin freno gracias a que ahora es un procomún. El dataísmo —esa fe en los datos como verdad suprema— ha conquistado el mundo.

Paradójicamente, los jóvenes valoran más la privacidad. Encuentran divertidas las fotos antiguas de sus abuelos milénicos posando con filtros de animales y animaciones graciosas; las coleccionan como quien estudia jeroglíficos. Saben más de la vida de sus abuelos que de la suya.

El mundo ha cambiado. Pero para los historiadores, entender el tejido social de aquellas primeras décadas del siglo XXI —de esa generación tan vilipendiada como documentada— es sorprendentemente fácil: todo está en los macrodatos.

Los libros que leían

Imaginemos por un momento II

Érase una vez, en las primeras décadas del siglo XXI, una civilización que produjo más libros de los que podía leer. Con el paso del tiempo, los libros —y los dispositivos que los albergaban— evolucionaron más rápido que los propios lectores. La memoria de esos aparatos superó con creces a la de la antigua Biblioteca de Alejandría.

La tecnología aprendió a observar a quienes leían. Reconocimiento facial, sensores biométricos, inteligencia artificial... Todo servía para saber más: qué frase aceleraba el corazón, qué párrafo arrancaba una sonrisa o una lágrima, qué capítulo provocaba enojo o asombro. Cada gesto era medido, almacenado, interpretado.

Así fue como los libros comenzaron a leer mientras eran leídos.

Los lectores de siempre —apasionados, de casta— seguían olvidando gran parte de lo que leían. Pero las grandes compañías que vendían libros jamás olvidaban nada. Sabían exactamente qué recomendar, cuándo hacerlo y a quién, para que nadie dejara de comprar. Descubrir se convirtió en recomendar.

Y al final, los libros supieron leer mejor a los lectores que los lectores a ellos.

Sabían con inquietante precisión quién los sostenía entre las manos.

El final del "no sé

Imaginemos por un momento I

Año 2085. Desde hace tiempo, el verbo aprender dejó de significar lo mismo. El conocimiento ya no se adquiere; se instala. La estimulación cerebral artificial, perfeccionada tras décadas de experimentación ética y no tan ética, permite hoy instalar en menos de una hora todo el saber acumulado de una disciplina entera. Aquel grupo de adolescentes que recibió el paquete completo de física cuántica en un centro de neuroinducción de Helsinki lo hizo en 47 minutos. Luego salieron caminando como si nada. Sin celebraciones. Sin exámenes.

Todo empezó sesenta años atrás, en 2025. Eran los albores de una era inquieta. Se hablaba con entusiasmo —y con miedo— de la inteligencia artificial, de redes neuronales, de prótesis cognitivas. Pero todo aún estaba fragmentado. Internet seguía siendo la biblioteca infinita de la humanidad, aunque ya mostraba síntomas de fatiga. La información abundaba; la sabiduría no.

El gran salto físico llegó en 2050, cuando el cuerpo humano comenzó a ampliarse: visión aumentada, articulaciones mejoradas, órganos regenerativos. Luego vendría lo inevitable: la mente. Hacia 2070, las primeras versiones funcionales de conocimiento inducido ya permitían hablar fluidamente lenguas muertas, tocar instrumentos sin haberlos visto antes, o diseñar reactores sin necesidad de ecuaciones previas. Para 2085, las versiones caseras del software de transferencia de saber ya estaban disponibles en cualquier terminal neuroport.

Hoy, los nacidos después del 2060 viven sus primeros diez años sin aprender nada —repositorios vacíos, les denominan—. Al cumplir once, se les elige sus ramas de conocimiento. A los quince, dominan la historia de los sistemas económicos, las estructuras matemáticas, la poesía del siglo XXI y la biomecánica aplicada al vuelo humano. No leen. No investigan. Instalan.

A veces, por entretenimiento, se les induce el módulo arqueología pedagógica, una especie de paseo museográfico por los métodos antiguos de enseñanza. Un grupo mayoritario se ríe cuando ve a sus antepasados memorizando información, subrayando libros, añadiendo notas adhesivas, rindiendo pruebas... Algunos sienten lástima. Otros, una especie de nostalgia inexplicable por aquello que no vivieron.

Y casi todos encuentran hilarante una frase que, poco a poco, fue desapareciendo desde el nacimiento de la Web, y que hoy sólo sobrevive en simulaciones lingüísticas del siglo XX:

«No sé».

P.D. Quizá el “no sé” no era un vacío, sino una posibilidad.

Rehén en mi Refugio

Más allá del horizonte IV

Las plataformas de blogs, al igual que un moderno Mefistófeles, representan una era única en la evolución de las novedades digitales. A menudo me siento como el Fausto de Goethe: “un hombre torturado por las ansias nunca satisfechas de un no sé qué”, en una búsqueda constante de la plataforma ideal donde compartir pensamientos, aunque rara vez completamente satisfecho. Un hombre neófilo y, paradójicamente, misoneísta, aferrado a la esperanza de que la época dorada de los blogs pueda regresar, aunque ya no con la misma intensidad.

Mi naturaleza de esperanzado revisionista me impide renunciar a la idea de una plataforma que combine lo mejor de la Web 1.0, 2.0 y 3.0: comunal, descentralizada, segura, de código abierto, sin censura, capaz de redirigir dominios propios y configurar URLs semánticas, con herramientas para construir y retener audiencia, soporte para Markdown, elección de licencias copyleft e integración vía APIs con otros rincones de la web. Una hoja de ruta así puede parecer utópica, pero soñar no cuesta nada. De vez en cuando, vislumbro un atisbo de ello en el firmamento al observar la evolución de ActivityPub.

Las fiebres del oro, como la eclosión de los blogs, comparten patrones culturales similares: frenesí, exploración y conquista. No viví directamente aquellos días pioneros del blogging, pero no dudo que fueron tiempos vibrantes, con una auténtica sensación de frontera digital. En aquel entonces, cualquiera podía reclamar una pequeña parcela en la web, armar su servidor, escribir su propio código y construir páginas desde cero. Nada era sencillo, pero probablemente todo era gratificante.

Con el tiempo, los blogs se masificaron. Grandes barcos y trenes llegaron con equipos de escritores, publicando fragmentos diseñados para viralizarse. El acaparamiento de tierras digitales no se detuvo; los blogs personales fueron desplazados por plataformas comerciales, y las redes sociales tomaron la delantera. Hoy sólo quedan unas cuantas parcelas que operan a la vieja usanza: vestigios de una época que pocos intentan mantener viva. Para quienes aún creemos que los blogs representan la mejor expresión de la promesa original de Internet, aquella etapa inicial fue un vistazo a una red más anárquica, comunal y sostenible, rápidamente sepultada por la lógica del capital y su juego de escala.

Medium y Wordpress.com, a pesar de ser blanco frecuente de críticas, siguen siendo las plataformas más utilizadas. No estoy convencido de que el refrán “al árbol que más frutos da es al que más piedras le tiran” se aplique aquí. Muchas de las críticas son legítimas y constructivas, centradas sobre todo en la falta de propiedad real sobre el contenido y el espacio de publicación. Una propiedad relativa, claro está: en la web, todos somos inquilinos, a menos que instalemos nuestros propios servidores y gestionemos un CMS desde cero. Lo que me hace deducir si un blog es de mi propiedad o no, no es únicamente el acceso al panel de administración, sino la capacidad de construir una relación transparente con los lectores, distribuir sin obstáculos y recibir sugerencias sin fricciones. Si Zygmunt Bauman viviera, probablemente describiría esta situación como un caso de “propiedad líquida”, producto de una tecnología ortogonal: aquella que se usa para un fin sin considerar sus efectos colaterales. A pesar de todo, Medium y Wordpress.com conservan méritos para continuar siendo las plataformas blog de referencia, aunque está lejos de ser la definitivas.

Aun así, a muchos blogueros les sigue emocionando escribir como la primera vez. Sin embargo, esa emoción a veces se ve empañada por el lugar donde escriben: paradójicamente, un refugio que los hace sentir rehenes. El término refugio sugiere seguridad, calidez, privacidad. Pero la historia reciente de la web ha pervertido ese concepto, convirtiéndolo en algo más parecido a una prisión de lujo: cómoda, pero restrictiva. Las grandes plataformas tecnológicas han perfeccionado el arte de retener a sus usuarios. Diseñan entornos envolventes donde, sin darnos cuenta, nos convertimos en cautivos felices. Esa sensación me impulsa a escapar, a buscar alternativas, a convertirme en mi propio liberador ante la falta de voces críticas. Tal vez por eso me identifico tanto con el Fausto de Goethe. O quizá soy más como el niño en feria que describe Schopenhauer en El arte de ser feliz: "tentado de asir todo lo que le apetece al pasar por delante, sin saber cuál de ese todo es la única opción apropiada y realizable".

Una conclusión natural es esta: quien tenga la posibilidad de tener un blog bajo su control, debería optar por él antes que conformarse con una cuenta en redes sociales. Los blogs encarnan los ideales fundacionales de una web abierta. Las redes sociales son útiles para difundir entradas, sí, pero sus cronologías arrastran el contenido como ríos crecidos: lo que se publica, rara vez vuelve a verse.

Me gusta pensar en los blogs como carteras de clientes: por un lado están las carteras consolidadas con mayor margen de éxito, por el otro están las que necesitan ser aperturadas y fortalecidas para progresar. Las plataformas blog con bases de usuarios consolidadas, activas y comunidades vibrantes resultan más atractivas que aquellas en las que el autor debe “picar piedra” para encontrar audiencia.

Una plataforma de blog moderna debería ofrecer, como mínimo: dominio propio, SSL, URLs limpias, estadísticas útiles, herramientas para construir comunidad, desvinculación de cronologías, integración social, y una interfaz amigable para escribir y personalizar sin conflictos.

Opciones hay muchas: desde simples folios en blanco hasta soluciones todo-en-uno. En el proceso de redactar estos ensayos, he explorado más de cincuenta alternativas, de las cuales la mayoría ya no existen o son pueblos fantasma. Es el momento oportuno para valorar el papel de ActivityPub y la importancia de la resistencia sobre la velocidad al momento de elegir la plataforma blog idónea sin relegar lo que en realidad importa, escribir.

La falacia del scroll expedito

Más allá del horizonte III

Una práctica recurrente entre quienes escriben en la web consiste en leer en voz alta sus borradores, adoptando temporalmente la mirada contemplativa del lector. Este ejercicio permite detectar palabras, frases o párrafos que podrían ser reformulados o eliminados. No se trata solo de corregir el estilo, sino de afinar la intención previo a la publicación. Porque quien publica en realidad no espera únicamente atención significativa, sino algo más sutil y profundo: afecto.

Ese afecto —al que podríamos llamar simplemente ‘Amor del Bueno’— puede entenderse desde dos perspectivas. En términos cuantitativos, se manifiesta como una respuesta tangible: aplausos virtuales, fragmentos subrayados, visitas, comentarios, suscripciones, difusión en redes o incluso alguna forma de retribución económica. Pero existe también una dimensión cualitativa, más difícil de medir, donde ese amor no proviene del exterior, sino del propio acto de escribir: en el cuidado con que se da forma a una idea, en la fidelidad a una visión, en el afecto depositado en cada palabra. Es un amor que se sostiene sin necesidad de testigos; una permanencia íntima, un acto de fe en que, alguna vez, alguien podrá leer y reconocer la verdad que ahí quedó cifrada.

Sin embargo, este afecto silencioso encuentra hoy un entorno poco propicio. La relación entre lectura y escritura ha evolucionado con cada avance tecnológico. De la imprenta al hipertexto, cada etapa ha reconfigurado no solo el acto de leer, sino también el de escribir. La web, en su concepción original, era un medio bidireccional: todo lector podía ser también autor. Pero esa vocación expresiva se ha visto erosionada.

Como escribió Hossein Derakhshan en The Web We Have to Save:
"Antes, la web era poderosa y lo suficientemente seria como para que yo terminara en la cárcel. Hoy parece poco más que puro entretenimiento".

Autores como Jeff Jarvis sostienen que el verdadero valor de la web no está en el contenido, sino en la conversación. El contenido —señala— es un concepto heredado de la era de Gutenberg, cuando la comunicación era unidireccional. Otros, como Khoi Vinh, lamentan que el contenido digital se haya convertido en algo eminentemente transaccional: diseñado para convertir, complacer algoritmos o producir métricas, más que para ser leído con profundidad. Lo ambiguo, lo lateral, lo no programático —todo lo que alguna vez hizo valiosa a la escritura en línea— ha sido arrinconado.

A esta transformación se suma la influencia de las plataformas centralizadas. Espacios como Medium —y otros similares— tienden a homogeneizar la forma de escribir, al punto de hacer difícil distinguir entre una voz nacida del deseo de expresión personal y un contenido fabricado para rendir ante los parámetros de distribución algorítmica.

En este contexto, la escritura que no persigue una transacción se vuelve una rareza. Y el acto de leer se convierte, cada vez más, en un ejercicio deliberado, casi una forma de resistencia. No es que los textos hayan perdido valor, sino que las condiciones para leerlos con atención se han deteriorado: notificaciones, anuncios, ventanas emergentes, muros de pago… todo conspira contra la permanencia. El lector se ve obligado a sortear obstáculos que reclaman constantemente su atención.

Herramientas como la vista de lectura simplificada, los bloqueadores de anuncios o las extensiones para eliminar muros de pago no son simples comodidades técnicas: son intentos por recuperar una experiencia más serena. Son, en cierto sentido, estrategias para devolver dignidad a la lectura en la web.

El ‘Amor del Bueno’ —ese afecto tácito entre lector, autor y texto— aún es posible. Pero exige ciertas condiciones: un entorno hospitalario, una disposición receptiva, y, sobre todo, una escritura que no se agote en lo funcional ni en lo urgente.

Escribir un blog

Más allá del horizonte II

Después del “¡Hola, Mundo!”, viene lo gratificante. Escribir en la web es un proceso holístico que permite organizar el fárrago mental producido por el estrés cotidiano, conectar puntos y ampliar horizontes. No solo ofrece una vía para la autoexpresión, sino que también abre una ventana hacia lo que realmente importa. Con el tiempo, y a medida que cada pensamiento plasmado suma un puñado de bits, todo bloguero descubre que una parte de sí se expresa mejor por escrito: una parte que familia o amigos no suelen percibir en actualizaciones de redes sociales, llamadas telefónicas o gestos cotidianos. Al fin y al cabo, la vastedad de la web permite que la escritura revele lo oculto en el pensamiento individual y colectivo.

De algo estoy seguro: los blogs han sido mi refugio durante más de una década. Mi predilección por la escritura web y por la tecnología informática es, en esencia, una historia de desamor. Un escape. Recuerdo con precisión lo que hacía antes de escribir mi primer artículo: subí a la azotea de la casa de mis padres para contemplar el firmamento. Observé las nubes arreboladas, los árboles, las aves; sentí y escuché el soplo del viento. Durante más de una hora me detuve en cada elemento que embellecía ese pequeño paraíso bucólico: las formas, los colores, los aromas… Reflexionaba, también, sobre el hecho de que escribir es como amar: hay que tener ganas. El amor sin ganas es costumbre; escribir sin ganas es mirar el cielo y no describirlo en una hoja en blanco. En un extracto de una entrevista en Le Nouvel Observateur (L’Obs), Marguerite Duras lo expresa magistralmente: "El deseo es una actividad latente y en eso se parece a la escritura: se desea como se escribe, de manera constante".

A pesar de tener una mente atiborrada de información, celebro con alegría una fecha especial: cada nueve de diciembre conmemoro, de forma silenciosa, la publicación de mi primer artículo (ya no existe y no lo archivé 😪) en la blogosfera. Si la memoria no me falla, esta es la primera vez que doy a conocer públicamente esa frugal celebración. Aunque hoy no sea una fecha conmemorativa, me parece un buen momento para hacer una breve retrospectiva desde aquel no tan lejano miércoles nueve de diciembre de 2009.

Han pasado más de dos años desde la última vez que verifiqué el estatus en línea de ese primer texto, con todos los errores propios de un bloguero principiante. Me alegra que se haya tratado de un pequeño hack para mi distribución Linux favorita: Ubuntu. Aunque hoy pueda parecer trivial, me enorgullece haber comenzado con un tema técnico. Siempre me ha motivado experimentar, buscar desafíos y compartir soluciones. Sea como sea, ese primer artículo no permaneció en línea tanto como me habría gustado: desapareció cuando la plataforma en la que lo publiqué dejó de ser rentable. Dudo que pasen otras veinticinco versiones más de mi distribución favorita —que aún uso— antes de que vuelva a escribir algo parecido.

Escribir un blog no ha pasado de moda. Desde el año 2020 he notado un renacimiento de las bitácoras digitales como alternativas más serenas frente a un entorno web ruidoso. Tal vez este resurgir tenga relación con haber permanecido a solas con nuestra soledad en momentos complejos, como durante la emergencia sanitaria a principios de esta década, o con los efectos geopolíticos de las guerras actuales. En tiempos difíciles han sucedido cosas extraordinarias. Por ejemplo, Shakespeare escribió El Rey Lear en cuarentena: su vida, como la de muchos en la Inglaterra de principios del siglo XVII, se vio trastornada por la peste. Durante ese periodo, los teatros de Londres cerraron, y él se enfocó en escribir. Años después, Isaac Newton inventó el cálculo mientras estaba confinado en casa tras el cierre de la Universidad de Cambridge por la misma peste. Fue entonces cuando desarrolló sus trabajos en óptica y matemáticas, y escribió sobre la ley de gravitación universal. Estos ejemplos muestran cómo, incluso en el encierro, la mente humana puede dar forma a ideas extraordinarias.

Así, puede inferirse que los pensamientos emanados del conocimiento, las experiencias y las relaciones se materializan en su forma más vívida mediante la escritura. Gracias a este proceso, los pensamientos se transforman en objetos de arte y comunicación, ya sea por razones correctas, por puro egoísmo, por entusiasmo estético, por impulso histórico, por propósito político o, en última instancia, por el simple arte de hacerlo.

Escribir una bitácora digital no es para blandengues. Más allá de la parafernalia de la web social, quienes hanblogueado saben que es un pasatiempo u oficio exigente. No es tan fácil como parece. Actividades como investigar, leer, planificar y organizar el tiempo resultan agotadoras, aunque gratificantes. Hace algunos años, encontré una serie de dibujos del caricaturista e ilustrador Alex Hughes que retratan las etapas de la vida de un bloguero. Aunque discrepo con su etapa final, me parecen muy acertadas. A mi juicio, la vida de un bloguero se asemeja más a la trama de la película Edge of Tomorrow: escribir, descansar, repetir.

En su artículo Why you (yes, you) should blog, la cofundadora de fast.ai, Rachel Thomas, ofrece varios consejos valiosos para todo bloguero. Tal vez el más relevante sea este: "Estás en la mejor posición para ayudar a la gente que está un paso detrás de ti. El material aún está fresco en tu mente. Muchos expertos han olvidado lo que era ser un principiante (o un intermedio) y han olvidado por qué el tema es difícil de entender cuando lo escuchas por primera vez. El contexto de tu formación particular, tu estilo particular y tu nivel de conocimiento darán un giro diferente a lo que estás escribiendo".

Escribir un blog me sigue emocionando tanto como la primera vez. Con el paso del tiempo he aprendido a restarle importancia a las métricas y sigo convencido de que los blogs constituyen la columna vertebral de Internet, representando los ideales de la web libre.

Antes del ¡Hola, Mundo!, ya se escribía

Más allá del horizonte I

“¡Hola, Mundo!” es una frase peculiar, casi emblemática en el universo de los blogs. Su significado depende de quien la escribe: puede marcar el inicio de un proyecto, servir para compartir conocimientos, narrar vivencias o simplemente dar cauce al impulso de escribir.

En el ámbito de los blogs, esta expresión conserva un valor simbólico: representa el primer gesto de presencia, el inicio de una conversación con el entorno digital. Fuera de ese micromundo, sin embargo, pierde parte de su resonancia; allí se desvanece lo que en los blogs aún perdura: la posibilidad de introspección con cortesía digital.

En esencia, los blogs son la columna vertebral de una Internet que todavía valora lo personal: espacios donde cualquiera puede expresar lo que piensa y, con suerte, hallar a alguien dispuesto a leer.

No hay un número límite para escribir un “¡Hola, Mundo!”, ni una plataforma definitiva que lo contenga. Puede repetirse tantas veces como sea necesario, porque cada intento es, en el fondo, un reencuentro con la escritura.

Lo importante es no dejar que esa primera publicación quede en suspenso por la ansiedad de hallar la herramienta perfecta o el diseño ideal. Esa búsqueda, aunque legítima, suele postergar lo esencial: escribir.

Al final, esta frase —tan común como significativa— actúa como una declaración de intenciones. Es un punto de partida para nuevas ideas o una forma de dar vida a aquellas que nunca alcanzaron el debido formalismo bloguero.

El chizpaso

Hoy ha sido un amanecer excepcional. Mi mayor aspiración tecnológica ha dejado de ser sólo una idea. Una vez más, ha surgido en mí la inspiración repentina por escribir en la web. Sólo espero que este impulso no sea un efecto pasajero de los fármacos que tomo para mitigar este resfriado implacable. Si así fuera, entonces, como diría mi padre: "Ya estás montado en la mula, sólo te queda continuar; no seás llamarada de tusa".

A modo de presentación, aquí un breve resumen sobre mí: Disfruto investigar y encontrar sentido a muchas cosas que, en apariencia, no lo tienen, ya sea dentro o fuera de mi área de conocimiento. Para ello, sigo un proceso sencillo de consumo y elaboración de ideas:

  • Elucubrar ✔➡️✍|✖➡️⤵️
  • Escuchar* ✔➡️✍|✖➡️⤵️
  • Leer** ✔➡️✍|✖➡️🔃

*Consejos, podcast, audiolibros...

**Artículos, ensayos, libros...

El proceso está programado para detenerse en cualquier momento que me proporcione la respuesta ideal, de lo contrario allí sigue: en constante iteración.

Mi actividad en la web se basa en el proceso descrito. Soy un firme creyente de que la satisfacción de haber adquirido conocimiento se materializa al compartirlo.

Si no es para compartir, de qué sirve el conocimiento. Si no es conocimiento, de qué sirve compartir.

Por este mundillo, una vez más...

Simbología:

✔ Si funciona ➡️ Entonces ✍ Escribir ✖ No funciona ⤵️ Siguiente